Fragilidad digital: sin electricidad ni móviles, estamos perdidos
6 Mayo 2025
Necesitas saber
En otoño del año 2021, circulaba el
inquietante rumor sobre las consecuencias de un posible “apagón” producido por
un letal ciberataque, por una tormenta solar o por un fallo sistémico en cadena
que podría inutilizar las redes de comunicaciones, el suministro eléctrico y
otros tantos sistemas vitales. Aquello llevó a entender que, por precaución,
convenía estar “preparado” y más aún, tras la experiencia previa de marzo de
2020, con el acopio de bienes esenciales en el inicio del confinamiento.
Pero todo esto casi se nos había
olvidado cuando, el lunes 28 de abril de 2025, a las 12:33 horas, un apagón
inédito y fulminante dejó a España sin suministro eléctrico. Tras los primeros
minutos de rumores y especulaciones, se percibió la dimensión de los hechos.
En general, en algunos lugares seguían
funcionando las comunicaciones de WhatsApp y otras redes, además de la
telefonía, lo que permitía cierto grado de intercambio de información y avisos
para una parte de los afectados; pero nos quedamos sin semáforos, sin
transporte ferroviario, sin metro ni ascensores y, por supuesto, sin
funcionamiento de los electrodomésticos, de redes wifi y de aplicaciones y
dispositivos digitales.
Afortunadamente, faltaban muchas horas
para el ya tardío anochecer de estas fechas primaverales, el tiempo era
agradable y no requeríamos calefacción, lo que atenuó el impacto, al menos
psicológicamente; aunque muchas personas quedaron atrapadas en estaciones hasta
el amanecer y otras muchas caminaron largas distancias para regresar a sus
hogares.
Fragilidad digital
La sociedad y la economía digitales en
las que vivimos han demostrado, una vez más, su extraordinaria vulnerabilidad.
El apagón no sólo paralizó numerosos servicios esenciales: también puso en
evidencia hasta qué punto dependemos de la energía y de la interconexión
digital para el funcionamiento diario de nuestras vidas. Esta dependencia no es
un fenómeno puntual ni pasajero, sino una tendencia estructural que continuará
intensificándose en los próximos años.
Sentimos “fragilidad digital”, un
concepto que se refiere a los potenciales problemas, fallos o errores de los
sistemas asociados a la digitalización y que ha sido expuesto por
organizaciones como la ETSI (Instituto Europeo de Normas de Telecomunicaciones,
la organización de normalización de la industria europea de las
telecomunicaciones, creada en 1988).
Esta fragilidad debe diferenciarse de
otras interpretaciones como la vulnerabilidad (palabra más apropiada en
referencia a los ataques cibernéticos) o la falta de resiliencia (que es la
capacidad de adaptarse y superar situaciones adversas, término muy utilizado en
los años de la pandemia).
Todo el entramado de comunicaciones,
datos y servicios descansa sobre una base física indispensable: la energía
eléctrica. No importa si procede de fuentes clásicas como los combustibles
fósiles o la energía nuclear, o si proviene de nuevas fuentes renovables como
la solar fotovoltaica o la eólica. Sin suministro eléctrico estable, todo el
edificio digital se tambalea y, con él, también nuestras rutinas diarias,
nuestras transacciones financieras, nuestra comunicación y nuestra seguridad.
Almacenamiento energético más resiliente
El auge de las energías renovables,
muchas veces a escala doméstica, no ha venido acompañado de una verdadera
cultura de autoconsumo. Aunque se ha avanzado considerablemente en la
instalación de paneles solares y pequeños aerogeneradores, la mayoría sigue
dependiendo de la red eléctrica general.
Esto implica que, en situaciones de
emergencia, la generación descentralizada no cumple un papel de respaldo
efectivo. La promoción de sistemas de almacenamiento energético doméstico y
comunitario debería ser una prioridad para aumentar la resiliencia de nuestras
comunidades frente a crisis energéticas.
Protección contra hackeos
Esta fragilidad puede deberse tanto a
fallos accidentales como a agresiones deliberadas, como pueden ser los
ciberataques dirigidos contra infraestructuras críticas.
Por otro lado, una sociedad que aspire a
ser verdaderamente digitalizada debe disponer de mecanismos alternativos o
“analógicos” de respaldo, listos para activarse en caso de emergencia, además
de protocolos y guías previamente conocidas por la población, con el soporte de
las administraciones, empresas e instituciones educativas.
Sin móvil estamos perdidos
Debemos ser conscientes de todo lo que
queda expuesto en este ecosistema digital: el sistema financiero, los servicios
de pago, las centrales de alarma, la conexión con los servicios de emergencia,
el suministro de agua, el transporte, la logística de alimentos y medicamentos,
entre muchos otros y, por supuesto, las redes de comunicaciones por cable y
móviles, quizá la columna vertebral del ecosistema digital.
La interconexión no solo potencia la
eficiencia y la competitividad, sino que también multiplica los riesgos en
cascada: una caída en un sector puede desencadenar fallos en cadena que afecten
a numerosos ámbitos vitales.
Hace tiempo que no tenemos necesidad de
imprimir billetes de avión o tren, que utilizamos aplicaciones para el
transporte público, para la seguridad social, para viajar y desplazarnos.
Incluso, accedemos a las administraciones públicas a través de apps (cl@ve PIN
y otras). Más reciente es el DNI de la app MiDNI. Si la red de comunicaciones
deja de funcionar o se agota la batería en el dispositivo, estamos perdidos.
Confiamos en los nuevos medios
digitales, pero parece que siempre hay una primera vez para darnos cuenta de
que, aunque sea con probabilidad remota, puede ocurrir un fallo del sistema.
La información veraz, un sostén
indispensable
La experiencia reciente ha mostrado, por
ejemplo, el valor indiscutible de la radio analógica como único medio fiable de
información durante el apagón. En ausencia de redes móviles y de internet,
muchas personas solo pudieron saber lo que sucedía a través de emisoras
tradicionales. Este hecho invita a reflexionar sobre la necesidad de preservar
y fortalecer las tecnologías analógicas, esas mismas que, a menudo, se
consideran obsoletas, pero pueden resultar vitales en situaciones de crisis.
En una sociedad hiperconectada, la
ausencia de información o su manipulación agrava la incertidumbre, propaga
bulos y genera desconfianza. Esta comunicación debe ser proactiva, evitando
tanto la minimización del problema como el alarmismo, y debe facilitar que la
población actúe de manera coordinada y solidaria.
De lo contrario, se corre el riesgo de
una involución en los avances logrados, que podría justificar retrocesos bajo
el temor a la dependencia digital excesiva. En una coyuntura de transformación
tan profunda como la actual, la confianza es un recurso estratégico. Sin ella,
los ciudadanos no apoyarán nuevas innovaciones ni asumirán los cambios
necesarios para adaptarse a una economía cada vez más basada en datos,
conectividad y automatización.
La próxima vez, mejor prevenidos
Las escuelas, los medios de comunicación
y las administraciones públicas tienen un papel clave en la educación de la
ciudadanía para actuar adecuadamente ante contingencias. Simulacros periódicos,
guías de actuación y sistemas de alerta temprana forman parte de un enfoque
integral que debería desarrollarse de manera urgente.
Porque, nos guste o no, la repetición de
incidentes similares no es una posibilidad remota, sino una certeza creciente
en el horizonte de nuestra era digital. Aprender de cada crisis, fortalecer
nuestras capacidades de respuesta y diversificar nuestras fuentes de
resiliencia no es una opción: es la única vía para garantizar que la
digitalización siga siendo una promesa de progreso y no un riesgo existencial.
La versión original de este artículo ha
sido publicada en la revista Telos, de Fundación Telefónica.
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Ricardo Palomo-Zurdo colabora con Telos, la revista que edita Fundación Telefónica.
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