La ‘receta’ social, una medida urgente en la era de la nueva longevidad
8 Enero 2026
Necesitas saber
Asistimos hoy a la llegada de
los baby boomers a la jubilación. Según la tendencia
marcada en los últimos años, estas personas nacidas entre 1957 y 1973 vivirán
dos o tres décadas más que sus antecesores.
Son los protagonistas de “la nueva
longevidad”. Como señala el psicólogo y gerontólogo Javier Yanguas en su
libro Pasos hacia la nueva vejez (Destino, 2021),
este nuevo período de su vida va a constar de tres etapas cronológicas con
necesidades diferentes: una primera fase –históricamente nueva– en la que se
sentirán mayores pero no viejos; una segunda de “fragilización”, en la que que aparecerá
el dialogo con la patología; y, solo en la tercera fase, la dependencia.
Así son los
nuevos mayores
El panorama ha cambiado, y las
necesidades de los nuevos mayores también: ya no son las mismas de hace 20 o 30
años. No necesitan alfabetización digital. Han vivido la emancipación de la
mujer y su avance en la vida pública.
Intelectualmente más preparadas,
estas personas tienen un planteamiento ante el propio cuidado que difiere del
de las otras generaciones. No quieren depender de sus hijos y valoran alcanzar
un proyecto de vida en el que esté presente de un modo equilibrado su
bienestar, su salud y sus relaciones sociales. Sin embargo, el autocuidado, la
autonomía personal y el envejecimiento activo es un horizonte que les resulta
insuficiente. Reclaman más.
Este es, en síntesis, el retrato
dibujado en las conclusiones del I Seminario sobre la nueva longevidad,
celebrado entre el 23 y 25 de octubre en Calonge i Sant Antoni (Girona) y
organizado por el Campus de la Experiencia de la Universitat Internacional de
Catalunya. Expertos de 16 universidades de todo el mundo constataron que las
demandas de la generación que está llegando hoy a la jubilación no son
únicamente sanitarias y asistenciales, sino también educativas, relacionales y
de sentido.
¿Qué hacer con
ese tiempo extra?
Como señala Yanguas, estos nuevos
jubilados se encuentran mayoritariamente en buenas condiciones, pero se ven
abocados a una nueva vida post-laboral sin un propósito claro. Van a vivir más
años que sus predecesores, pero ¿qué van a hacer con el tiempo extra? No se
sabe, ni está prevista una respuesta clara.
Es una situación frustrante para
ellos y para los demás, porque no se trata de alargar los años de vida, sino de
llenar de vida los años, dotando esa etapa de sentido y propósito.
Además, los nuevos mayores son en
muchas ocasiones víctimas de la soledad no deseada, que es la “epidemia
silenciosa” de nuestro tiempo. Hoy día se estima que la sufren un 13,4 % de
los españoles y que el 22,9 % experimenta este sentimiento durante todo el
día. En Europa, alrededor de 30 millones de personas se sienten solas con
frecuencia.
Esta soledad puede ser física,
psicológica o espiritual, y, junto con la falta de sentido, tiene consecuencias
en la salud: mayor sedentarismo, aislamiento, patologías y adicciones. Varios estudios coinciden
en que el sentimiento de soledad provoca ansiedad, depresión y deterioro cognitivo en las personas
mayores.
Por tanto, abordar la falta de
sentido y la soledad no constituye un reto de orden sanitario sino social, y
está mayoritariamente sin resolver.
Por este motivo, los expertos y
académicos convocados en el citado encuentro animaron a trabajar desde el
ámbito universitario con las instituciones públicas. El objetivo es medir los
aspectos críticos de la “nueva longevidad” y diseñar políticas e iniciativas
que van más allá del mero fomento del envejecimiento activo, el ejercicio físico y
la autonomía personal.
Ocio
“significativo”
La dotación de sentido en esta
etapa de la vida procedería fundamentalmente del número y de la calidad de las
relaciones sociales, particularmente entre iguales. Diversos
estudios constatan que cuando las personas se vinculan a
actividades “significativas” –clases interactivas, voluntariado, senderismo,
talleres, viajes, etc.– recuperan el sentido vital y la pertenencia a un grupo.
Esta participación y colaboración favorece además el bienestar y la calidad de
vida.
El ocio, qué duda cabe, ocupa un
lugar preeminente. Un ocio escogido libremente que fomente un verdadero
empoderamiento de los mayores y su adaptación al contexto en el que viven: un
mundo que cambia.
La educación universitaria para adultos mayores se
revela como un medio óptimo para lograr este objetivo, al propiciar el
crecimiento personal y la construcción de relaciones satisfactorias y sólidas
entre iguales. Así lo consagra el Principio 1 del Pilar Europeo de Derechos Sociales (2017),
donde se garantiza el derecho a una educación, formación y aprendizaje
permanente inclusivos y de calidad para que todos puedan participar plenamente
en la sociedad y gestionar las transiciones laborales.
Una urgencia:
la prescripción social
Para los expertos reunidos en
Calonge urge extender iniciativas enmarcadas en la denominada “prescripción
social” de los adultos mayores, como complemento de la prescripción médica. Se
trata de una filosofía y una política pública ampliamente
extendida en países del ámbito anglosajón que parte de una idea
tan simple como radical: que la salud tiene una dimensión social muy
importante.
Una intervención pequeña –una
conversación, un momento de acompañamiento– puede cambiar el rumbo de una vida,
mejorar la autonomía personal y la salud. Es un enfoque holístico que conecta a
las personas con actividades significativas gracias al apoyo comunitario, que
potencia su bienestar y su sentido vital.
Es decir, la prescripción social
debe pasar de ser algo excepcional a algo esperado. Para ello, las
administraciones, los ayuntamientos, los servicios de salud y las universidades
deben colaborar impulsando medidas.
El vínculo entre el sistema
sanitario y los recursos comunitarios ha de hacerse más tangible mediante la
creación de redes de confianza, coordinación y conexión en las que estén
presentes actividades, universitarias, culturales, artísticas, musicales, etc.
Cada aula, parque o cafetería puede convertirse en un espacio de prescripción
social. Y aunque cada proyecto sea distinto, todos forman parte, en realidad,
de una misma red informal de fomento de bienestar.
Hay que construir puentes no solo
entre salud y comunidad, sino también entre generaciones, culturas y
disciplinas. De este modo no solo mejorará el bienestar individual, sino que
también se transformará la manera en que las sociedades cuidan, conectan y
prosperan en los tiempos de “la nueva longevidad”.
Autoría
Doctor en Filosofía y Periodista. Director del Campus de la Experiencia, Universitat Internacional de Catalunya
Doctora acreditada en Ciencias Sociales. Responsable de la Unidad de Igualdad e Inclusión y Directora del Observatorio de Políticas Familiares. Cátedra Joaquim Molins Figueras Childcare and Family Policies., Universitat Internacional de Catalunya
Vicedecano de la Facultat de Educación. Investigación sobre didáctica de las matemáticas. Professor de Didáctica de las matemáticas. Pf. de Dinámica de grupos. Coordinador Académico del Campus de la Experiencia de la UIC. Barcelona, Universitat Internacional de Catalunya
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