Picasso en Royan: autorretrato (en papel) de artista en momento convulso


30 Enero 2025

Málaga

CdelSol Noticias

En la cartografía picassiana, Royan ocupa un lugar muy singular. La capital de la llamada Côte de beauté (Costa de la Belleza) francesa fue la localidad en la que se refugiaron Pablo Picasso y los suyos cuando la amenaza nazi se cernía sobre París, en septiembre de 1939. La decisión fue estratégica: al norte de Burdeos, Royan estaba bastante lejos de posibles objetivos militares de Hitler pero, a la vez, se encontraba más que bien situada por si los acontecimientos obligaban un rápido exilio vía barco. Así que el malagueño lo dispuso todo: envió a la villa Gerbier de Jonc a su amante Marie-Thèrese Walter y Maya, la hija de ambos; él se alojó en el Hôtel de Tigre del pueblo, acompañado por su pareja oficial, Dora Maar, con su inseparable secretario, Jaime Sabartés, y Kazbek, un galgo saluki al que el pintor alimentaba con cabezas de corderos. Pronto instaló un estudio en el comedor de la planta baja de la villa y alquiló un taller en un edificio de apartamentos, porque el arte no se detenía jamás. En Royan, recordemos, no exactamente una metrópoli (18.000 habitantes actualmente: hablamos de un pueblo balneario, casi un resort), no había precisamente overstock de material artístico, pero el malagueño pudo hacerse con unos cuadernos. No necesitaba más. Al final, en los doce meses que residió en Royan completó ocho blocs, en apariencia humildes pero estilísticamente opulentos: allí ensayó y prefiguró muchas de las constantes de su posterior obra mayor. El Museo Picasso Málaga reúne por primera vez esos cuadernos en su nueva exposición temporal, 'Picasso: los cuadernos de Royan', que se inaugura mañana y que estará en cartel hasta el 30 de abril.

Una de las obras de la exposición 'Picasso: Los cuadernos de Royan' / Álex Zea

Se trata de "una muestra de investigación, de gabinete", informa el director artístico del Museo Picasso Málaga, Miguel López Remiro, mientras nos adentramos en una sala casi completamente a oscuras para poder contemplar las proyecciones de las páginas de los blocs (algunos de ellos están expuestos en vitrinas, para dar fe de su reducido tamaño y de la maestría en el trazo de su autor). El proyecto, afirma López-Remiro, trata de documentar "un viaje creativo profundamente introspectivo en una época histórica convulsa" y, de paso, reivindicar la importancia del cuaderno del artista, una especie de laboratorio portátil, de estudio guardable en un bolsillo en el que realizar ensayos, pruebas, atrevimientos y avances. "El cuaderno es lo más cerca que puedes estar del artista, es como si uno al verlo pudiera seguir el desarrollo de la mente del creador, la secuencia de sus pensamientos", asegura Marilyn McCully, una de las comisarias, junto a su marido, Michael Raeburn, de 'Picasso: los cuadernos de Royan'.

Para McCully Royan podría suponer para el malagueño lo que significó Burdeos (por cierto, muy cerca de esa localidad balneario) para Goya, que se exilió allí al sentirse amenazada por otro absolutismo, no el nazi, sino el de Fernando VII. Si el aragonés terminó empleando ese viaje físico como una especie de indagación interior que le llevó a prefigurar el impresionismo en cuadros como 'La lechera de Burdeos', Picasso, sitiado por la falta de materiales y, al principio, de espacio y la sombra de Hitler, anticipó en Royan características de obras mayores posteriores. No, no se dedicó a pintar los idílicos paisajes de la zona, sino a trazar piezas con un nivel de angustia y desesperación que conecta directamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. No dibujó la guerra, ni tampoco motivos explícitamente políticos, pero hay algo en 'Tres cabezas de cordero', una vanitas muy conectada con el Siglo de Oro español y, de nuevo, con Goya, que refleja los desastres de las contiendas, la amenaza de la muerte con risa sardónica. En realidad, eran el alimento de Kazbek, el afgano del pintor, pero sus ojos, como cuando se posan en los peces y crustáceos en el mercado de Royan, los convierten en una especie de bestiario oscuro, grotesco. 

Presentación de la exposición 'Picasso: Los cuadernos de Royan en el Museo Picasso / Álex Zea

Esa mirada apesadumbrada se nota, incluso, hasta en unos versos propios que escribió en uno de esos cuadernos el 25 de diciembre de 1939: "[...[ sábanas bordadas con la cera de las águilas / cayendo en lluvia de risas la maraña helada de las / llamas del cielo vacío sobre la piel / desgarrada de la casa en un rincón al fondo del cajón del / armario vomita sus alas [...]". Destaca McCully cómo esas "llamas del cielo vacío" evocan "la amenaza de los bombardeos".

Luego están las mujeres, en genérico, que pueblan muchas páginas de los ocho cuadernos. Si la situación era socialmente convulsa, la personal para Picasso no era mucho más amable: Dora Maar sentía frecuentes celos de las atenciones de su pareja hacia la hija de ésta (Maya, de entonces sólo cuatro años, y a la que, cuentan, visitaba cada noche para contarle un cuento) y, claro, la presencia cerca de Marie-Thèrese Walter. Por eso no hay retratos de ninguna, no se explicita la inspiración de ninguna de esas mujeres protagonistas entonces de la vida de Picasso (ni siquiera de la pequeña), suponemos que para no caldear más el ambiente. Resalta uno de los pocos cuadros del periodo de Royan, 'Mujer peinándose' (1940), que representa a una mujer dentro de una habitación en forma de caja mucho más grande que su cuerpo, comprimida, en contorsión; la mujer se sea pero en un movimiento grotesco, reflejando la ansiedad y el encierro que sentía Picasso en ese momento íntimo tan complejo.

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