Rosa Rodríguez: la ceramista de Marbella que le dijo no a Carmen Thyssen


8 Junio 2026

Marbella

CdelSol Noticias

¿Eso qué es?, preguntaron los vecinos cuando nos vieron arrastrando un trasto pesadísimo por las escaleras. Una lavadora alemana, les dije. Era enorme. Lo subimos hasta la tercera planta del bloque de vecinos de la Divina Pastora. Lo puse en la terraza, que siempre la mantuve cerrada, para que nadie viera el horno de gas para cocer cerámica. Empecé mi primer taller en un piso. Estuve trabajando allí con el horno mucho tiempo, temiendo que cualquier día, con razón, me echaran del piso. Recuerda Rosa Rodríguez, que está a punto de jubilarse tras dar clases de cerámica durante cuarenta años en el taller municipal de Marbella.

Llegué aquí en 1984. Venía de Salamanca, aunque había nacido en Huelva, donde viví hasta los catorce años, cuando mi familia se mudó al norte. De Marbella me enamoré, fue un flechazo. Venía de una ciudad, o de una casa, muy oscura. Siempre con las cortinas echadas, con mucha tristeza. Y de pronto aquí, donde vivía mi hermana, la luz que se colaba en la casa era medicina. Me dispuse a recibir esa energía. En la calle veía gente de cualquier país, cada uno vestido a su manera. En Ricardo Soriano me cruzaba con mujeres con pañuelos negros y máscaras junto a chicas en bikini, que venían de la playa. Y la gente de aquí paseaba tranquila, sin alterarse.

En 1985 tenía de amigos a Omar y su hermano Pablo. El primero, un escultor que nació con dedos de artista, ha sido profesor en San Pedro. Vivíamos juntos y buscábamos un trabajo estable. Decidimos montar una empresa de cerámica, como pudo ser de cualquier otra cosa. Los tres, muy jóvenes, fuimos a Unicaja a pedir un crédito para comprar un horno, un torno y algo de barro. “Me habéis caído bien; confío que los vais a hacer”, nos dijo el empleado del banco y nos concedió el préstamo.

Con alumnos de cerámica en una moraga

Los tres fuimos a aprender una forma especial de hacer los esmaltes, de cocer la cerámica, que es una técnica muy amplia. Lo hicimos con el equipo de ceramistas Al Yarrar, de Granada, unos españoles convertidos al islam, que nos enseñaron a hacer el reflejo árabe o metálico. Un esmalte que brilla como el oro. En Marbella lo vendíamos muy bien porque esta técnica aquí no se conocía. Los que lo veían lo compraban; no había puesto la pieza en el horno y la pagaban. Pero yo no soy nada comercial. En verano las escuelas de arte cierran y se me ocurrió ofrecerme para dar un curso de la técnica que había aprendido. Fui con mi horno al taller de cerámica a dar el curso de un mes. Funcionó muy bien. Los monitores que daban el curso de cerámica aquí, un matrimonio de Sevilla, echaban de menos su tierra y se fueron. Para el curso siguiente había que cubrir esa plaza mediante un examen. Se presentó mucha gente, pero yo saqué la plaza.

Había un librito de la Diputación sobre un ceramista local, el alfar que había antiguamente aquí, que hacía bebederos de pájaros, de gallinas y cantaros. Realizamos obras de este hombre con el primer grupo. La cerámica tiene más tradición en Granada, Sevilla, Ronda, Almería, o Jaén, que es la cuna de la alfarería.

El taller municipal estaba en la Plaza de José Palomo, un local con patio precioso; tenía magia, hacíamos exposiciones de los alumnos. Les pedía que preparasen una buena colección de piezas y les organizaba una exposición. La gente se motivaba, y entraban los paseantes que preguntaban, se interesaban por lo que hacíamos. Alguna vez lo hicieron Rosario Flores, Aurora Bautista o Beatriz Carvajal. En una ocasión vino Carmen Thyssen; quería que le hiciera un trabajo de azulejos para su casa. La reproducción de dos cuadros de Paul Gauguin para la piscina. Le dije que yo no hacía esos encargos. Lo hizo otra persona, una chica, que me dijo que no le pagó. Nunca he entrado en eso. No me impresiona la gente famosa.

A mí la palabra lujo me rechina. ¿Tener un determinado coche o la ropa que lleva fulana en Hola te hace ser mejor?. Me parecen chorradas. Sin embargo, vivo usando un lujo que es perder el tiempo. A mis alumnos les digo: ¿Por qué le metes prisa al barro? Se va a enfadar y romper. Aquí venimos a perder el tiempo. Si no, ¿qué necesidad tienes de estar dos meses en el taller para hacer una jarra, cuando puedes comprarla?. El lujo es tener el tiempo y poder desperdiciarlo.

Rosa y su marido, Wim Claeys.

La Universidad Popular hizo una labor social importante en Marbella. Fue un movimiento de transformación, destinado a que la gente aprendiera y se alfabetizara. Había mucho analfabetismo entre las mujeres, los marineros o la gente de la agricultura. Era difícil captarlos, decirles: “Vente, quiero que aprendas a leer”. Para conseguirlo, se pensó en hacer cursos, talleres, para que vinieran. Uno de los primeros, para las mujeres, fue el de bordado a mano. El taller funcionó muy bien cuando la gente era analfabeta. En la escuela de alfabetización, los maestros ofrecían los cursos gratuitos, facilitando que asistiera la gente mayor, que descubría un mundo nuevo y luego alguno escribía poesías. Los cursos que permanecen ofrecen a la gente un taller donde aprender un oficio.

La época de Jesús Gil fue muy dura. Nos barrió del mapa, dijo: “¡Fuera! Esto no me interesa”. Lo de la Universidad Popular le sonaba a comunismo. Conseguimos reunirnos con él en el salón municipal de plenos para convencerle de quiénes éramos, de nuestra trayectoria; relativamente lo conseguimos. Nos exigió que nuestras actividades se autofinanciaran, que no supusieran un coste para el Ayuntamiento. Entonces le prometimos que sí, pero no lo hicimos.

Mi marido, Wim, que era el técnico de sonido e iluminación del Ayuntamiento. Tuvo una trifulca con la delegada de Cultura por un asunto laboral. Gil había cerrado el auditorio del Parque de la Constitución, donde tenía lugar la programación cultural de verano. Lo hizo para convertirlo en el plató de televisión de sus programas Tal y Tal. Los artistas que se habían contratado para actuar en el auditorio acabaron en el patio del instituto Río Verde. Ahí estaba mi marido, con los cables, recibiendo a los artistas cabreados por el cambio de sitio. Esto a él le enfadó muchísimo y discutió con la delegada de Cultura. Esta le amargó la vida y, como castigo, a mí me mandó a un local terrible, de unas escaleras que bajan a un sótano lleno de cucarachas y cacas de ratas, donde en su momento una pastelería tuvo las cocinas. Un antro sin ventanas, con una claraboya que daba a la acera. Las aguas fecales se sacaban con un camión. A mis denuncias de falta de higiene nunca les hicieron caso. Creo que durante dos cursos he debido dar mal las clases en ese lugar que me quitaba la luz y la alegría. A escondidas de la concejal Mariló Miñones, logré hablar con otros políticos y me metieron en el taller de Miraflores, donde estamos ahora.

Gil cambió el nombre de la Universidad Popular por el de Fundación de Arte y Cultura, y como no era muy legal estar en una fundación 40 años, pasamos al Ayuntamiento. Lo que más me dolió de esa época fue cuando echaron abajo el antiguo teatro, la sala de exposiciones, para poner un restaurante. El edificio lo tiraron de noche, sin poner siquiera un cartel ni nada. Me afectó directamente porque nos íbamos a casar allí. Habíamos conseguido los permisos del Ayuntamiento para celebrar nuestra boda en el teatro, porque mi marido trabajaba allí. Habíamos organizado para tener música e incluso hacer algún teatrillo, y unas semanas antes lo echaron abajo.

Rosa Rodríguez.

El taller hoy tiene una fama buenísima; hay una pila de gente esperando entrar. Hay algunos que llevan tres años intentándolo. Hay pocas plazas. Desde la pandemia no veo a los aspirantes; lo hace el Ayuntamiento con una solicitud. Antes hacían fila y rellenaban una tarjeta; me gustaba más. Veía a las personas; a uno que quería hacer torno, yo lo veía más en cerámica artística. Tengo una media de 60 alumnos, unos hacen solo torno y otros cerámica, en un máximo de cuatro años. Que la gente de Marbella pueda hacerlo es una suerte. El taller se conoce y me escriben. Hace dos semanas uno me decía: “Soy ceramista en Perú, voy a ir a España y me gustaría perfeccionar en torno”. Me pedía si podía visitar el taller. ¿Cómo se ha enterado de que se dan clases de torno?. No lo sé, pero es muy bonito. El taller de cerámica es el que más demanda tiene y por el boca a boca se conoce muy bien.

Sigo con el mismo entusiasmo y metida de cabeza en esto, me lo tomo muy en serio porque soy muy apasionada. Exijo mucho a mis alumnos y, si en un momento me presentan algo que no han hecho bien, que no le han puesto ningún interés, les digo: esto es una mierda. No me preocupa que tengan habilidad en las manos; eso vendrá conforme lo practiquen. Sino que abandonen el pensamiento, la preocupación y que ponga toda la mente en el barro. El barro es muy curativo; lo recomiendan los médicos y psiquiatras. Lo primero que hay que hacer es dejar tus problemas en la puerta. No lo traigas aquí. Ponte a trabajar y solo piensa en lo que estás haciendo. Cuando te vayas, vas a tener que buscar el problema que dejaste aparcado; a lo mejor ya no está, se ha aburrido y se ha ido. Así en las clases se trabaja bien.

Rosa Rodríguez, profesora de cerámica

Tengo en las clases mayores, jóvenes, creadores, diseñadores que inventan muchas cosas, un ambiente muy bonito. Recuerdo a dos chicos, Edgar y Cristóbal, que trabajaban muchísimos y acudían al taller. Era de esa gente, que abandona todos los problemas del día y se pone. Uno trabajaba en El Corte Inglés y otro en una fabrica, también tengo a un mecánico de motos que se centra y no dice ni mu. Rocío Rivas es una ceramista que tiene su propia tienda y se presenta a todos los concursos con unas obras preciosas. También ha pasado por el taller Stella Kamazón, una artista muy reconocida, que ha trabajado el torno conmigo y luego lo ha mezclado con la pintura. Hay otros que están montando su taller y dando clases, hay mucha gente trabajando afuera.

Siempre he odiado comer en un restaurante con un grupo grande y estar junto a dos personas y no poder hablar con los demás. Por eso al finalizar el curso en junio, lo celebramos con una moraga, y en Navidades hacemos una fiesta dentro del taller, donde cada alumno trae un plato.

Esa Marbella, en la que nada parecía extraño, ya no existe. Hoy es más clasista; tú perteneces a esta zona, yo a la otra; todo está estratificado. Sigo sin ver el amor que hay que tenerle a Marbella, que es adorable, que enamora. Me cansa el turismo a lo bestia que hay hoy, un mogollón de gente por la calle, que se hace complicado andar por el casco antiguo.