La aventura hawaiana de los agricultores de la Costa del Sol
18 Mayo 2026
Marbella
CdelSol Noticias
Creyeron que iban a salir del hambre y fueron engañados. Pensaban que los 24 dólares de sueldo que les prometían eran un dineral. Buscaban superar las penurias que les tocó vivir con la aventura hawaiana, y esta les ocasionó mucho sufrimiento. Explica Manuel Sánchez, bisnieto de uno de los agricultores de la Costa del Sol que emigraron a plantaciones de Hawái a principios del siglo pasado, y que desde hace una década promueve y facilita la relación de descendientes de emigrantes de Estepona.
El campo español arrastraba el atraso agrario. Los grandes latifundios padecían un cultivo deficiente por la aversión al riesgo de sus propietarios. El campesinado vivía en unas condiciones de subsistencia. Esta situación arrojó a la emigración a medio millar de agricultores costasoleños, dedicados al cultivo de la caña de azúcar, tentados por promesas estampadas en carteles y pregonadas por comisionistas encorbatados, de un futuro mejor. El Gobierno español prohibió, a finales de 1907, la recluta de emigrantes y la propaganda para fomentar la emigración. Esta medida tenía como fin eliminar los abusos de las agencias de emigración que se produjeron en el Heliópolis, la embarcación que partió desde Málaga a Hawái en marzo de ese año. Ante esta prohibición, entre 1911 y 1913, cinco embarcaciones zarparon desde Gibraltar y se nutrieron de mano de obra del litoral occidental malagueño.
Familias de José Fernández de la Herranz y José Zumaquero, de Marbella / M.HSe requerían hombres, de 17 a 45 años, y mujeres, menores de 40, a los que ofrecían billete gratuito, escolarización de sus hijos y una vivienda de 500 dólares con parcela para un huerto. Los nuevos amos del archipiélago polinesio, despojado a sus pobladores por los Estados Unidos, decidieron reemplazar a los braceros asiáticos por emigrantes europeos. “Por motivos no exentos del racismo de la época, los plantadores de caña de azúcar querían blanquear y estabilizar la mano de obra en el archipiélago (...) Querían familias “blancas” con conocimiento del cultivo de caña de azúcar”, resume James Fernández, profesor de Literatura y Cultura españolas en la Universidad de Nueva York y autor de Invisible Immigrants, un libro con trescientas fotografías sobre la inmigración española a los EEUU.
Los emigrantes de la Costa del Sol recorrieron 16.800 millas marinas (31.113 kilómetros) en un itinerario que desde Gibraltar se prolongaba hasta los confines del continente americano, para atravesar el Estrecho de Magallanes, alcanzar el Pacífico y poner rumbo al lejano destino.
“Eran tratados como esclavos, transportados en barcos de carga; las familias estaban separadas por unas cortinas, todo revuelto; con muchos problemas de higiene, los niños que nacían durante la travesía tenían alta posibilidad de coger infecciones”, señala Francisco Medina, director jubilado de instituto de enseñanza de Estepona, que estudia la historia de las familias emigradas.
Descendientes de emigrantes a Hawái en Estepona / M.HEn la prensa hawaiana se detallaba el interior del carguero Orteric: En tres bodegas se colocaban literas en hileras, dejando la cubierta con bastante espacio para pasear. A cada pasajero le proporcionaban un colchón de paja, una almohada, un plato, un vaso, cuchillo, tenedor y cuchara. Algunos españoles portaban instrumentos musicales para amenizar la travesía, que no estaba exenta de incidentes. Unos porque no observaban buena higiene; otros por robar comida de la cocina; se producían roces entre portugueses y españoles, las peleas entre mujeres se saldaban con tirones de pelo, y las de hombres se dirimían con navajas. Esto obligaba al capitán del barco a presentarse, revólver en mano, y a reducir la ración de vino.
Las crónicas recogían que la embarcación, a su paso por Punta Arenas (Chile), partió al día siguiente tras cargar 60 cabezas de ovejas y cerdos. Durante la travesía se produjeron catorce nacimientos y la muerte de cincuenta y siete niños por sarampión, bronquitis y enfermedades infantiles. Los cuerpos fueron arrojados al mar, salvo uno que falleció por escarlatina entrando al puerto. Los inmigrantes, que tuvieron que pasar un periodo de cuarentena, al desembarcar fueron fumigados junto con su maletas
¬Las promesas no se cumplían; los 24 dólares eran por familia, tenía que trabajar el matrimonio; la propiedad de la vivienda y el huertecito a los tres años dependía de los rendimientos agrícolas y de la conducta en el trabajo. Si lo consideraban negativo, no había vivienda en propiedad. Mi abuelo estuvo seis años en Hawái y no la consiguió, recuerda Manuel Sánchez.
El cónsul español en Hawái, Ignacio de Arana, tras visitar a los compatriotas en las plantaciones de las islas, comprobó que el salario que recibían, de 24 dólares al mes, por trabajar diez o doce horas diarias durante 26 días, apenas cubría los gastos de una familia que no fuese muy numerosa. En la mayoría de las casas se vivía en la miseria y endeudados con los almacenes y cantinas, propiedad de las propias plantaciones, que suministraban los productos básicos de alimentación e higiene.
Familia Caravaca / J.V. NARDONE¬ Los camperos eran personas duras, condicionadas por las miserias. El dinero que a duras penas podían ahorrar no se les admitía en los bancos. La Gran Depresión de 1929 cogió a algunas familias con dinero en efectivo, con el que pudieron comprar tierras en California, señala Medina.
¬ Mi bisabuelo tenía algún familiar que se había marchado a California, y arregló la documentación para seguirlo. Allí perdió a su hijo Antonio, de doce años, en un accidente de moto y a una niña en la travesía, de la que él nunca comentó. Cuando comencé a buscar información, descubrí en el listado del barco Willesden que María Sánchez Mena, de dos años, era una de los 16 menores que murieron en el barco, la hermana que mi abuelo no conoció.
The Hawaiian Gazette publicó en diciembre de 1911 su editorial La Lección del Willesden, donde apuntaba que “es prácticamente imposible llevar un vapor lleno de gente a tan larga distancia, cruzando dos veces el ecuador, sin correr un inusual riesgo para la propagación de enfermedades epidémicas, a pesar de todas las precauciones”.
Ruta de embarcaciones de Gribaltar a Hawái / M.HEl Gobierno de España, a través de su cónsul en Honolulú, reconoció que durante el trayecto del Willesden murieron 18 personas, de las cuales 16 eran niños; y en el Lazareto de Honolulú fallecieron otras 25, de las que 24 eran pequeños. El diario El País recordó que: “El ministro de Estado y el Consejo de Emigración están en el deber de puntualizar las causas de esa verdadera catástrofe que aumenta el horror del éxodo de españoles que abandonan su patria con la familia, hasta con los niños pequeñines, en busca de trabajo y de pan”.
¬Las penurias de ese viaje de 54 días; la esclavitud que vivió en Hawái, de jornadas diarias de doce horas, con un encargado por zona, que no le permitía parar, tenía que agachar el lomo, y luego el fallecimiento de su hijo, le llevó a mi bisabuelo a replantearse la vida: no estaba a gusto ni era feliz. Decidió volver a Estepona con el pequeño Manuel, que sería mi abuelo, junto a una hija de 16 años y otro varón. Allí quedaron dos hijas y un hijo. Cuando volvió, como celebración, tuvo un hijo español, Francisco. Regresar a España le supuso quitarse un peso de encima, ver la luz. Aunque fue sacrificado, vivió bien.
Mi abuelo Manuel estaba muy orgulloso de haber nacido en Honolulú; presumía de ser el único hawaiano del pueblo. Le encantaban los boniatos porque decía que eran de California. De Hawái, donde vivió hasta los cinco años, solo recordaba los volcanes y campos inmensos de cañas de azúcar, o calles como una avenida entre las parcelas, por donde pasaban las mulas a recogerlas. Si en Hawái la vida no era de color rosa, en California pasaron del negro al moraíto.
Familia Aguilae Hoyos / J.V. NARDONEDurante la Guerra Civil española mi abuelo fue detenido por darle víveres al bandolero Manolo El Rubio, que estaba en busca y captura por la Guardia Civil. Mi abuelo trabajaba en la finca de don Cándido, un alcalde cien por cien de derecha del franquismo, que ayudó a mi abuela a sacarlo de la cárcel con la partida de nacimiento, la fe de bautismo y el pasaporte americano, después de estar preso varias semanas. Nunca volvió a California ni vio a sus hermanas. Me relacioné mucho con mi abuelo porque se quedó a vivir aquí hasta que murió, atropellado por un coche en la antigua N-340.
Steve Alonzo, un descendiente de los emigrantes a Hawái procedentes de la Axarquía, lleva el recuento de todos los españoles que participaron en esa corriente migratoria. Ha contabilizado 7.703 españoles de 583 pueblos que emigraron al archipiélago del Pacífico. La mayoría provenían de Andalucía, Extremadura y Castilla. Y Estepona fue el municipio de toda España que más emigrantes aportó: 271, muy lejos del segundo, Macotera (Salamanca) con 156; de la Costa del Sol occidental destacan Manilva con 113 emigrantes y Marbella con 104.
De la zona de Las Chapas, de Marbella, se conoce que dos familias vecinas y amigas pusieron rumbo a Hawái en 1911. Lo recuerda Joaquín Gómez Velázquez, descendiente del hermano de José Fernandez de la Herranz Chacón, de oficio herrador, que con su mujer Patrocinio Sánchez Merino, partieron en 1911.
¬El matrimonio, con sus cuatro hijos, se fueron en el barco Willesden. Sé que desde allí, como otros muchos, reemigraron a California, donde sus hijos se casaron y allí siguieron. Mis primos cuartos, siguen viviendo en California, tengo sus nombres pero no nos conocemos.
Con los familiares de Joaquín viajó el matrimonio vecino de los Zumaquero Pérez con sus tres hijos. Los hombres trabajaban en la fragua de La Víbora.
José Vílchez Gil en una plantación / J.V. NARDONE¬Es complicado encontrar familiares emigrados en EEUU porque las mujeres adoptan el apellido de sus maridos. Tenemos los contactos de los familiares que suelen venir a España y vamos tiramos del hilo. Yo tengo entre 25 y 30 familiares directos en California, a partir de las hermanas de mi abuelo. Son mis primos de tercer grado, ellos tienen la misma curiosidad que nosotros, y sobretodo quieren conocer su raíces que están aquí y la ilusión de muchos de ellos por venir aquí. He recibido a un familiar que tiene una plantación de tomates en San Francisco, en una finca que se recorre en helicóptero. Yo quiero empezar mi viaje por Honolulú, donde estuvo mi bisabuelo y nació mi abuelo, y después visitar San Francisco, San Diego, Winter, y otros muchos pueblos, donde cada día con ellos será una fiesta. Allí tienen el Club del Inmigrante, el Centro Cívico Español, donde celebran el Día de España y de su patrón. Estoy en contacto con ellos a través de las redes sociales y la plataforma FamilySearch, con estas herramientas se avanza mucho, nos ayuda a reconstruir el árbol genealógico.
Allí está Mari Carmen Garín Rubio, que es pariente y que pronto volverá a venir por aquí. Con ella vamos sacando mucha información, le voy contestando, la obtención de datos a veces es laboriosa y lleva tiempo, precisa Sánchez.
Medina, que es hijo predilecto de Estepona, cuenta que las relaciones sociales de las familias emigrantes del municipio, que se asentaron en Hawái y posteriormente en California, “fueron bastante endogámicas, de forma que la inmensa mayoría de matrimonios de la primera y segunda generación fue entre esteponeros o con parejas de otra localidad española y, excepcionalmente, de origen filipino”, en la investigación sobre el “Éxodo de esteponeros a Hawái”, que vuelca en su blog, Avatares.
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