Cortijo de Poey: el rincón recóndito de Vélez-Málaga que quiere ser un gran parque


14 Abril 2026

Málaga

CdelSol Noticias

En algún punto del cortijo de Poey, entre troncos retorcidos y ramas que parecen esculpidas por el tiempo, hay un árbol al que algunos han empezado a llamar María Zambrano. No es un nombre oficial ni aparece en ningún catálogo, pero basta observar su silueta para entender la asociación: en su corteza, en su gesto vegetal, hay quien reconoce el perfil de la conocida filósofa. Es una de esas sorpresas que ofrece este enclave situado a las afueras de Vélez-Málaga, donde la imaginación y la memoria se entrelazan con un paisaje agrícola que lleva siglos contando historias.

Ese gesto de poner nombre a los árboles forma parte de las iniciativas que en los últimos años han tratado de dar visibilidad a este espacio. «Hemos llegado a bautizar todos estos olivos, porque tienen formas muy singulares», explica Francisco Lorenzo, presidente de Olearum, una asociación dedicada al estudio y la difusión de la cultura del aceite. En este entorno se han identificado varias decenas de ejemplares de gran porte, muchos de ellos centenarios, que destacan tanto por su antigüedad como por su carácter casi escultórico.

Pero el valor del olivar de Poey, situado junto al camino de Algarrobo, va mucho más allá de sus árboles. Este espacio conserva las huellas de un paisaje productivo vinculado durante siglos al aceite, con elementos que permiten entender cómo funcionaba este sistema agrícola. Entre ellos sobresale el molino de los Pérez, una antigua almazara cuyo origen se sitúa entre los siglos XVII y XVIII y que formaba parte de un conjunto mayor con cortijo, alberca y un sistema hidráulico asociado a un manantial.

Hoy, ese patrimonio permanece en pie de forma precaria. «Es una joya, pero está muy deteriorada», resume Rafael Yus, presidente del Gabinete de Estudios de la Naturaleza de la Axarquía (GENA), que lleva años analizando este enclave. A pesar de contar con protección en el planeamiento urbanístico, el antiguo molino muestra signos evidentes de abandono, lo que refuerza la sensación de que se trata de un legado que aún no ha encontrado su lugar. El vertido de escombros o algunos expolios, como el de una placa de mármol, no están en consonancia con los siglos de historia de este edificio.

A ese valor histórico se suma otro igualmente relevante: el ambiental. A pesar de su proximidad al casco urbano de Vélez-Málaga, el cortijo de Poey mantiene una biodiversidad notable. En la zona se han documentado anfibios (hasta seis distintos se han catalogado), reptiles, aves y mamíferos como zorros, favorecidos por la presencia de agua en puntos como la alberca o el manantial vinculado a esta. «Es un espacio con una fauna muy interesante para estar tan cerca de la ciudad», apunta Yus.

Esa combinación de historia, naturaleza y cercanía ha convertido este lugar en un espacio ya utilizado por la ciudadanía. Senderos marcados por el paso de los años permiten recorrerlo sin dificultad, mientras que vecinos y visitantes lo frecuentan para pasear o fotografiar sus árboles. «Hemos visto a gente sorprendida, incluso de fuera, haciendo fotos a los olivos», señala Lorenzo, que destaca también las jornadas divulgativas organizadas para dar a conocer este patrimonio.

Sin embargo, el futuro del cortijo de Poey sigue abierto. Los terrenos pertenecen a un grupo de propietarios y su desarrollo ha estado condicionado durante años por expectativas urbanísticas ligadas al crecimiento de la ciudad. En paralelo, colectivos como GENA han planteado la posibilidad de convertir este espacio en un parque agro-urbano que conserve su esencia, integrando el uso público con la protección de sus valores.

La propuesta no busca transformar el lugar en un parque convencional, sino reconocer lo que ya es: un paisaje vivo que permite entender el pasado agrícola de la Axarquía y que ofrece, al mismo tiempo, un espacio de esparcimiento distinto, más cercano a lo silvestre que a lo ornamental. «Sería una forma de que la gente pudiera conocer este entorno sin perder su carácter», explica Yus.

Entre olivos que crecen sin la presión de la poda intensiva y restos de construcciones que aún evocan otra época, el cortijo de Poey se presenta hoy como un lugar en equilibrio. No es un espacio abandonado, pero tampoco plenamente protegido. Y quizá ahí reside su singularidad.

Porque en este rincón de Vélez-Málaga no solo hay árboles centenarios o restos de edificios con historia. Hay un paisaje que todavía puede ser comprendido, cuidado y compartido. Un lugar que invita a detenerse, a mirar con calma y, sobre todo, a preguntarse qué hacer con él antes de que sea demasiado tarde.