Un 'vertedero prehistórico' en la Cueva de la Victoria revela qué comían en Málaga hace miles de años
31 Mayo 2026
Málaga
CdelSol Noticias
31/05/2026 Actualizado a las 00:15h.
Está en un lateral de la Sala de las Conchas, fuera de la zona de paso. Nunca había llamado la atención de los investigadores de ... la Cueva de la Victoria, en la zona de El Cantal (Rincón de la Victoria), donde los grupos humanos del Paleolítico y Neolítico vivieron, pintaron y se enterraron en diferentes momentos de la historia. Se sabe porque están sus manos en las paredes, porque han aparecido sus herramientas en el suelo y porque sus huesos se hallaron en los recovecos de la roca. Pero esta acumulación de sedimentos arrinconados tras una estalagmita no parecía que fuera a aportar nada nuevo. Aun así, quienes han dedicado su vida a la arqueología son conscientes de que en esta ciencia no se puede dar nada por sentado. Y empezaron a excavar. Lo que encontraron ayudará ahora a conocer una parte fundamental de la vida de sus ocupantes: su dieta.
El equipo que lideran los arqueólogos Pedro Cantalejo y María del Mar Espejo ha hallado en ese lugar una especie de 'vertedero prehistórico', un rincón en el que quienes habitaban la cueva desechaban los sobrantes de lo que comían. Está intacto porque, al ocultarse tras formaciones geológicas, se libró del vaciado de la gruta que se practicó en los siglos XIX y XX cuando entraron a por guano de murciélago y a saquear arqueológicamente, y después cuando comenzaron las investigaciones. Y dicen que la basura de unos es el tesoro de otros: a partir de lo que tiraban los grupos humanos de hace al menos 14.000 años (la fecha de partida), se puede componer el menú del Paleolítico en el litoral malagueño. En un primer análisis 'in situ', a la espera de procesar en el laboratorio todos los sedimentos y restos recogidos, se calcula que un 75% procedía del mar y apenas el 25% de la tierra.
La alimentación en la Costa era completamente diferente a la de las cuevas del interior, donde predominaba la caza mayor
Las conchas que sobresalían en la superficie de ese montículo fueron, precisamente, las que hicieron que los expertos pusieran el foco en esa zona. Yolanda del Rosal, bióloga del Instituto de Investigación Cueva de Nerja, y Cristina Liñán, geóloga del mismo centro, han encontrado ya cientos de ellas que clasifican en bolsas marcadas por la arqueóloga María del Mar Espejo. Llevan horas sobre el suelo en una posición nada cómoda, limpiando la tierra y haciendo una primera separación de lo que aparece. El goteo de huesos, raspas, vértebras y conchas es constante. «¡Hay carbón!», anuncia una de ellas a Pedro Cantalejo cuando se acerca a la zona de excavación, unos restos que permitirán aplicar la datación por Carbono 14 y que confirman que lo que aquí hay se había 'cocinado' de alguna manera.
De la tierra
Fragmentos de huesos de conejo, el mamífero más consumido por los grupos humanos de la Prehistoria que ocuparon esta cueva. (Marilú Báez)Del mar
Almeja blanca con sedimentos carbonosos, lo que indica que fue cocinada. La presencia de carbón permitirá datarla con la técnica del Carbono 14. (Marilú Báez)Rareza
Entre los desechos, ha aparecido una concha con un agujero en el extremo, lo que indicaría que pudo usarse como colgante. (Marilú Báez)Metodología
Los restos hallados sobre el terreno se clasifican en bolsas para ser después analizados en el laboratorio. Hay cientos de ellas de la última campaña en la Cueva de la Victoria. (Marilú Báez)El equipo
María del Mar Espejo y Pedro Cantalejo, a la izquierda, clasifican los restos que extraen Yolanda del Rosal y Cristina Liñán. (Marilú Báez)Los grupos humanos que ocupaban el litoral malagueño tenían habilidades para la pesca. Entre la 'basura', han aparecido vértebras de pescados grandes como doradas y sargos, que podían capturarse con arpón, y de cetáceos como delfines y ballenas, que probablemente se quedaron varados en la arena de la playa. Esto unido a distintos tipos de moluscos, lapas y erizos componían buena parte de su alimentación.
Los recursos de la tierra tenían mucho menos peso y, según la información preliminar que arroja esta campaña, el conejo era el plato principal. Una dieta completamente diferente a la detectada en asentamientos del interior de la provincia donde casi todo lo que comían provenía de la caza mayor, principalmente ciervos y cabras. El hombre prehistórico habitaba uno y otro lugar según la época del año: se desplazaba hacia el interior en momentos cálidos y en temporada de cacería, y hacia la costa cuando el frío apretaba y la bahía se revelaba como un paraíso en clima y recursos. Es lo que los expertos llaman 'nomadismo restringido'. Calculan que en apenas diez horas eran capaces de recorrer a pie los kilómetros que separan Ardales del Rincón de la Victoria, usando los márgenes del río Guadalhorce como autovía natural. Por eso, como resalta Cantalejo, una cueva es «espejo» de la otra.
En la Victoria, cada hallazgo que se sale de lo esperado se celebra como el premio de una lotería. Se felicitan por la aparición de una concha cerrada, con el molusco dentro, lo que aportará mucha información adicional. Aquellos huesos con formas que no son capaces de identificar a ojo generan expectación y son apartados para un estudio más exhaustivo. Y se les ilumina la cara cuando surgen rarezas que exigen de una mayor investigación: entre los restos de comida, encuentran una concha con un agujero hecho por la mano humana, lo que indica que pudo utilizarse como colgante. La evaluación sosegada y en laboratorio de las cientos de bolsas con sedimentos y restos que han extraído completará el puzle. Un trabajo que encabezan Cantalejo y Espejo y que será posible por la suma de esfuerzos del Ayuntamiento del Rincón de la Victoria, el Instituto de Investigación Cueva de Nerja, que lidera Luis-Efrén Fernández; y de la Universidad de Cádiz, con José Ramos al frente del proyecto.
Con los trabajos en el 'vertedero prehistórico', el equipo malagueño despide cinco años de campañas dentro de la Cueva de la Victoria, una gruta de apenas 150 metros de recorrido lineal en la zona de El Cantal pero con una enorme cantidad de información aún por procesar. Mucha está en los museos, en el de Málaga y en el Arqueológico de Madrid, a donde se llevó lo que se extrajo de los primeros vaciados de las salas. «La 'crème' de la 'crème'», dice Cantalejo. Explica que los avances tecnológicos hacen que hoy seguir excavando 'in situ' sea cada vez menos necesario para obtener datos. A nivel humano, ya se conocen las herramientas que usaban, cómo las fabricaban, dónde se enterraban, qué pintaban… La siguiente fase es obtener datos paleoclimáticos: en qué etapa climática vivían, qué temperatura hacía, dónde estaba el mar, qué plantas existían en cada momento… «Y todo eso ha quedado prisionero en el contexto arqueológico», apunta Cantalejo. Ahora queda analizarlo.
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