«Con nuestros hijos de acogida hemos recibido más de lo que hemos dado»
6 Abril 2026
Málaga
CdelSol Noticias
La primera llamada llegó pronto y sin apenas margen para imaginarla. Unas pocas indicaciones y una historia detrás apenas esbozada: una niña de dos años que acababa de ser retirada por la policía tras ser abandonada en un bar. En pocas horas, la pequeña pasó del desamparo a la protección de una familia que en 2017 decidió abrir las puertas de su hogar para proporcionar, sin juzgar, afecto y seguridad. Desde entonces son padres de acogida de urgencia y a aquella experiencia, que se prolongó durante 14 meses hasta que los servicios sociales de la Junta de Andalucía se la devolvieron a su padre biológico, siguieron otras dos más. Hoy conviven en su casa un niño de 12 años que llegó en el año del Covid y otro de cuatro años, al que recogieron cuando tenía tres, «completamente desnutrido; usaba la talla 9-12 meses».
Sonia Mena y su marido Juan Antonio Enamorado llevaban años construyendo su vida juntos, «desde los 17», apostilla él. El paso que dieron surgió, en realidad, de una coincidencia que ambos interpretan «del destino». «Un día, tomando café, vi en prensa una publicación de la asociación de Hogar Abierto que me hizo pensar en la posibilidad de acoger a un niño y al llegar a casa, mi mujer me dijo: Tengo que hablar contigo. He visto en la tele que están buscando familias de acogida». No lo dudaron y se pusieron en manos de aquella organización pionera en Málaga en el acogimiento familiar desde hace tres décadas.
Por entonces ya eran padres de dos hijos biológicos. Tenían estabilidad, una vida construida y, en principio, ningún plan de ampliarla. Pero en la memoria de Juan Antonio pesaba una infancia en la que su propia casa había sido refugio improvisado para otros niños. No era un acogimiento como tal, sino solidaridad espontánea: hijos de vecinos, familiares en apuros y madres hospitalizadas que en un determinado momento necesitaban que alguien les echara una mano. «Era algo informal entre padres», apostilla.
Ese poso explica, en parte, la naturalidad con la que asumieron el proceso. Cursos, entrevistas, valoraciones psicológicas y visitas al domicilio para ver su idoneidad. «No se busca tanto un perfil económico, sino la calidez de una familia». De hecho, en aquel momento, reconoce su marido, «no ingresábamos ni 2.000 euros para cuatro personas y nos costaba llegar a final de mes». Él se ganaba la vida como pintor y ella era asalariada en una empresa de distribución mayorista de alimentación. Pero aquello no fue un impedimento.
Cuatro o cinco meses después de iniciar los trámites, llegó la primera acogida. La pequeña olvidada en el bar por su madre. Venía sin apenas información previa, como suele ocurrir en los casos de urgencia. Pero bastaron los primeros días para intuir su historia: «La comida que más le gustaba era la tortilla, las salchichas, los pinchos y las aceitunas con anchoas. Intuíamos que pasaba muchas horas en los bares». También había otras señales: «Tenía una necesidad imperiosa de que la abrazasen. Se iba con cualquiera, buscaba el contacto, el afecto. Cuando se fue era otra niña», resume él. Esa transformación se convirtió en el motor que desde entonces mueve a esta familia malagueña.
Antes de dar el paso, hubo una conversación con sus dos hijos, un chico que por entonces tenía nueve años y una chica de cinco. «Entendieron que aquella niña tenía necesidades y la acogieron como una más», subrayan sus padres al unísono. «Ahora son ellos los que más miman a sus hermanos, les consienten todo», afirma la madre.
La despedida, lejos de ser dramática, formó parte de un proceso trabajado. Porque el objetivo último del acogimiento, insisten, es la reintegración familiar cuando es posible. Durante meses, la niña fue pasando tiempo con su padre biológico en un punto de encuentro y «en presencia de una asistente social de la Junta de Andalucía que hacía de mediadora«, relata Sonia. En el último encuentro, la pequeña se abrazó a su padre y no miró atrás. »Entendimos que había aceptado ya el ciclo e iba a donde tenía que ir«, reflexiona Juan Antonio.
Desde entonces, han seguido acogiendo. Tras aquella primera experiencia, llegó el pequeño de seis años en 2020. Primero en acogimiento temporal tras haber sido acogido de urgencia por otra familia. «Cuando se vio que no había posibilidad de retorno con su familia biológica, nos propusieron el acogimiento permanente y dijimos que sí. Y no descartamos la adopción legal si cuando cumpla los 18 años él lo desea».
El peque de la familia, de cuatro años, llegó de urgencia en la víspera de un viaje programado en las vacaciones de verano. Pero lejos de suspender los planes, lo incorporaron a ellos y «nos vino bien para la adaptación». Aunque los inicios fueron duros. «Creemos que dormía en la calle, porque en pleno verano, si no le echábamos una manta no se quedaba dormido». Recuerdan lo mal hablado que era y presumen con orgullo del niño que es hoy: «Es la alegría de la casa, nuestro bebé mimoso», afirma Sonia.
Está completamente integrado. «Alguien de fuera no podría distinguir quiénes son los hijos biológicos y quiénes no», asegura él. De hecho, cuenta bromeando que al niño le han dicho en más de una ocasión que es «clavadito» a él. Para sus dos hijos biológicos esta experiencia ha sido toda una lección de vida: «Han tomado conciencia, a través de sus hermanos de acogida, del valor que tienen las cosas y de lo privilegiados que son al tenerlas desde que nacieron».
Ni Sonia ni Juan Antonio idealizan la experiencia. Saben que no es fácil. Han vivido situaciones complejas, niños con mochilas difíciles. Pero nunca se plantearon echarse atrás. Sienten una satisfacción profunda al ver el asombro de estos niños con cosas cotidianas: que siempre haya comida en la nevera, que el grifo tenga agua o que la luz no se apague por impago. «No lo veo como un 'qué bueno soy', sino como una sensación de salvar una vida. Ellos te dan mucho más de lo que reciben», afirma Juan Antonio. Saben que, sin su intervención y la de la Junta, esos niños podrían haber tenido un futuro marcado por la exclusión o la marginalidad.
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