La librería Abadía cierra tras tres décadas y busca lectores para más de veinte mil libros


25 Marzo 2026

Málaga

CdelSol Noticias

«Sería un buen conde de Montecristo», explica Francisco Soler: «Podría estar en una celda y cavilando mis cosas». Una comparación muy apropiada para un ... librero por cuyas manos han pasado más de 300.000 ejemplares de segunda mano en 31 años, y que afronta ya su jubilación. «En mayo hago 67 años, pero ya este mes podría jubilarme», aunque Soler reconoce que, entre sus planes, no está descansar la mente: «Llevo desde los seis años levantándome a las siete de la mañana, un hábito difícil interrumpir».

No será para abrir la puerta de la librería Abadía, que fundó en el año 2000 en la calle Comedias y trasladó en 2015 a su ubicación actual, la calle Tejón y Rodríguez 9. Hace unos meses Soler se propuso liquidar todo su stock, unos 35.000 ejemplares, con un 75 por ciento de descuento, o lo que es lo mismo: si compras 40 euros solo pagas 10. Dice que, con esta rebaja, ya ha vendido un tercio del total. «La gente viene hasta con carros de la compra, a veces tenemos que cerrar la puerta porque se meten aquí de pronto 20 personas, no caben». Y es que entrar en la librería se podría asemejar, por espacio, a entrar en una celda del Château d'If. Libros y cómics se amontonan en estanterías desde el suelo hasta el techo, a la vista de un gran rosetón de estilo florentino, con la imagen de la Virgen acunando a Jesús escoltada por dos ángeles. En esta particular abadía puedes encontrar desde una edición de 1939 con teatro de Jardiel Poncela hasta cómics de El Coyote, pasando por las obras completas de Blasco Ibáñez o Anatole France, novelas policiacas de hojas descoloridas de Mickey Spillane y Dashiell Hammett o 'Memorial de la vida cristiana', de Fray Luis de Granada, en un tomo fechado en 1649. Porque Soler ha vendido prácticamente de todo: «manuscritos, cartas ejecutorias, primeras ediciones de Machado, de Lorca, el 'Mein Kampf', el Manifiesto Comunista, libros de Lenin…».

Pero mucho antes del descuento, del rosetón y de la librería, Soler criado en el barrio de El Palo, era un joven licenciado en Filología Hispánica con una gran biblioteca. «Desde niño me gustaban los libros, el papel en general, libros, revistas, recortables, lo que fuera de papel. Era muy lector y muy coleccionista. Y cuando empecé la carrera se disparó la afición». Reconoce que, con lo que ganaba dando clases particulares, «se gastaba lo que no estaba escrito», y que su madre llegó a abrirle una cuenta en la librería Ágora, situada en Trinidad Grund.

Noticia relacionada

«El centro se ha quedado sin vecinos: nos pedían más libros en inglés que en español. Es muy triste»

«El problema fue cuando vi que la salida profesional era la enseñanza. Lo intenté y no me gustó. No valía, sencillamente». Fue entonces, «sin ingresos y sin futuro» en sus propias palabras, cuando tomó la decisión más difícil de su vida: vender sus libros. «En el 95 me di de alta como librero profesional desde mi casa. Hice un catálogo postal muy ordenado con un ordenador Amstrad», relata Soler, que reconoce que vender sus libros, al principio, «fue un trauma» hasta que el negocio empezó a ir muy bien. «Yo pensé que iba a ser un fracaso, pero tenía muchos contactos de coleccionistas. Empecé a reinvertir y de pronto tenía muchísimos más libros. La casa se colapsó».

En su mejor momento, Abadía llegó a tener un catálogo de 70.000 volúmenes y un espacio dedicado a cómics

La solución fue montar la librería Abadía, que en su mejor momento llegó a tener un catálogo de 70.000 volúmenes, con un espacio importante dedicado a cómics de segunda mano. «Siempre me han gustado. De hecho, hice una tesina sobre el lenguaje del cómic. Me atraía mucho la convivencia de la imagen y la palabra». Soler conserva como un tesoro, unas láminas de 'Cosas de Pepín', 'Máscara negra' y la revista 'Farolito', tebeos malagueños de los años 50 en perfecto estado de conservación. También están a la venta.

Acostumbrado a vender libros, Soler reconoce que a veces no es fácil cerrar este capítulo de su trayectoria. «Hay días en que me pongo nostálgico», y se emociona al recordar a los clientes de toda la vida, como José Manuel, al que hace un tiempo que no ve, «cada libro que se compraba era una sonrisa»; o a ese autor al que le vendió su propio libro, que él creía ya descatalogado y perdido.