«Hace 30 años, un adolescente hablaba de tristeza; ahora se interpreta como trastorno mental»


13 Mayo 2026

Málaga

Entrevistas

Susana Zamora

13/05/2026 a las 00:06h.

Esta especialista advierte de que el aumento de los problemas de salud mental entre adolescentes es reflejo del mayor malestar emocional y de una sociedad ... cada vez más individualista y dependiente de las redes sociales. Eva Rivas alerta de que la presión por el éxito, la soledad y la falta de vínculos presenciales están detrás del incremento de ansiedad, depresión, autolesiones y trastornos alimentarios entre los jóvenes, especialmente entre las chicas adolescentes.

—La juventud siempre ha sido una etapa convulsa, pero ¿qué está pasando ahora para que haya tantos menores con problemas de salud mental?

—Hay varios factores que explican el aumento de la demanda en salud mental. Uno es el incremento del malestar emocional. Vivimos en una sociedad con muchísimos cambios que les impactan directamente. Por primera vez en muchas generaciones, la perspectiva de futuro es peor que la de sus padres. El acceso a la vivienda se retrasa, el mundo laboral está amenazado por las nuevas tecnologías y el calentamiento global es una preocupación constante.

Antes se pensaba que el progreso resolvería los problemas, pero esta generación vive un cambio en esa percepción. Esto se refleja en la inmediatez con la que quieren vivir: están centrados en el presente y no se proyectan en el futuro. Hay cierta desesperanza y sienten que deben vivir el presente porque el futuro es incierto.

—¿Qué parte de culpa tienen las redes sociales?

—Está habiendo un cambio muy rápido y profundo en la forma de comunicarse. Su comunicación está muy mediada por plataformas digitales y redes sociales, donde sienten la obligación de mostrar éxito, belleza o una imagen ideal.

Esto impide que se sientan acompañados en una vulnerabilidad que es completamente normal en la adolescencia. La forma de relacionarse actual aumenta el sentimiento de soledad: «soy el único que sufre esto».

Durante la pandemia el uso de redes sociales aumentó mucho y en los dos años siguientes vimos más ansiedad, depresión, autolesiones y trastornos de la conducta alimentaria, como la anorexia.

Si los jóvenes se relacionan principalmente a través de imágenes que promueven ideales de belleza, éxito y delgadez, se comparan constantemente con esas referencias. La imagen se convierte en el medio para alcanzar la felicidad.

Los adolescentes son el grupo que más se queja de soledad no deseada, incluso más que las personas mayores. Puedes tener muchos contactos, pero no tener a quién recurrir cuando realmente lo necesitas.

—En una sociedad tan competitiva, ¿qué supone para un joven mostrar vulnerabilidad?

—La sociedad transmite el mensaje de que hay que tener éxito y ser autosuficiente. Sentirse mal se interpreta como un problema individual, cuando en realidad es algo normal, especialmente en la adolescencia.

Lo que ha cambiado es la dificultad para acompañarse mutuamente. Formar comunidad y vínculos sociales es esencial para el bienestar, pero ahora mostrar fragilidad puede implicar marginación.

Vivimos en una sociedad individualista donde se espera que cada uno resuelva sus problemas solo. Los jóvenes internalizan esto y, en lugar de buscar apoyo, recurren a conductas como autolesiones o restricciones alimentarias.

—¿También está fallando la familia?

—Las vías de comunicación con los padres suelen interrumpirse en la adolescencia. Muchos padres nos dicen que sus hijos se vuelven más aislados, que se encierran en su habitación y pasan el día chateando.

Es normal cierto grado de aislamiento, pero si la relación con los iguales se limita a la pantalla, ocurre lo que comentábamos antes. Además, ha disminuido mucho el tiempo que los adolescentes pasan con amigos de forma presencial.

En el aumento de la demanda en salud mental hay dos factores: por un lado, el incremento real del malestar; por otro, un cambio en la forma de interpretarlo. Ahora se habla más de salud mental, hay menos estigma y se identifican las experiencias como ansiedad o depresión.

Hace 30 años, un adolescente hablaba de tristeza o conflictos; ahora se interpreta como trastorno mental. Esto no siempre es positivo, porque no todo malestar es una enfermedad.

Vivimos en una sociedad que promueve la felicidad constante. Si uno no se siente bien, cree que algo va mal y acude a servicios de salud mental en lugar de recurrir a su red de apoyo natural.

—¿Estamos ante la peor situación en salud mental infanto-juvenil?

—Sí, existe la percepción de que es un problema importante. Organismos como la OMS alertan de un incremento sostenido en la última década.

Hay una parte de malestar real y otra de interpretación. También influyen factores como la inmigración. Los jóvenes que viven en países donde no tienen raíces, con poco apoyo familiar y posibles experiencias de discriminación, tienen un riesgo muy alto de problemas de salud mental.

—¿Cuál es el perfil de los pacientes?

—En número de casos, vemos principalmente a chicas adolescentes. Ser mujer en la adolescencia es un factor de riesgo mayor que ser varón.

En la infancia hay más problemas en niños, como TDAH o trastornos de conducta, pero a partir de la pubertad predominan las chicas, que además expresan más los problemas emocionales.

Lo más frecuente son síntomas depresivos, ansiedad, estrés, autolesiones y conductas alimentarias patológicas.

—¿Cómo influye el tipo de familia?

—Si un joven no tiene una familia que le apoye, tiene más riesgo. Puede haber negligencia, soledad o falta de atención.

Pero esto no ocurre solo en familias desestructuradas. Muchas familias, incluso funcionales, delegan en las pantallas por falta de tiempo o presión laboral.

Los problemas aparecen en todos los niveles sociales, aunque son más graves en contextos de mayor estrés, como pobreza, inmigración o falta de recursos.

—¿Se están infravalorando los casos?

—Hay muchas cosas que se pueden hacer. Aumentar los recursos en salud mental es necesario, pero no suficiente.

También hacen falta políticas sociales: apoyo a familias, educación, servicios sociales y entornos que favorezcan la comunidad. El urbanismo debería promover espacios de encuentro: plazas, parques y barrios donde los niños puedan jugar y las familias interactuar.

El trastorno mental siempre ha existido, pero ha cambiado cómo se interpreta y dónde se busca ayuda. Es positivo que haya menos estigma, pero también hay un exceso de medicalización del malestar cotidiano. A veces, lo que se necesita es comunidad, no intervención profesional.

—¿Están los profesionales desbordados?

—Sí, absolutamente. Pedimos más recursos, pero incluso cuando aumentan, siguen siendo insuficientes.

La demanda ha crecido no solo por más malestar, sino porque ahora se interpreta como trastorno lo que antes se entendía como parte de la vida. En momentos difíciles, lo que se necesita es compañía, pero ahora se recurre directamente al profesional.

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