«Internet prometía libertad y se ha convertido en el mayor mecanismo de control imaginable»


9 Mayo 2026

Málaga

Entrevistas

Alberto Gómez

09/05/2026 a las 00:01h.

Treinta años después de publicar 'Trainspotting', la novela que retrató el desencanto y los excesos de toda una generación, Irvine Welsh sigue observando el mundo ... con la misma mezcla de cinismo, rabia y fascinación. El escritor escocés visita la Feria del Libro de Málaga para presentar su nueva novela, 'Los cuchillos largos', una historia oscura atravesada por la masculinidad, la precariedad y las decisiones autodestructivas. La conversación, sin embargo, deriva hacia el Brexit, la decadencia británica, las nuevas adicciones y una sociedad «postcultural» dominada por algoritmos y multimillonarios contra los que arremete con la misma rebeldía de sus veinte años, intacta ahora que roza los setenta. Welsh tampoco ahorra críticas al rumbo político del Reino Unido ni a Donald Trump.

–Creo que es su primera vez en Málaga. ¿Le está gustando la ciudad?

–Sí. ¿Sabes qué? Hoy he dado un pequeño paseo y me ha parecido muy interesante. Esta tarde quiero ir a la playa y pasear un poco más.

–Su última novela es bastante negra. ¿Cuál fue el impulso definitivo para escribirla?

–Pensaba mucho en todos esos debates que hay en Inglaterra sobre la masculinidad tóxica y sobre cómo los chicos jóvenes ya no leen, ya no se interesan por la cultura, se radicalizan, se vuelven racistas, odian a las mujeres y todo eso. Y quería volver a ese momento de la vida, que creo que suele ocurrir hacia los veinte y tantos, en el que los hombres empiezan a interesarse seriamente por el romance por primera vez. Cuando eres niño, tus padres y tu familia son lo más importante de tu vida. Luego, cuando eres adolescente, tus amigos se convierten en lo más importante. Y después llega ese momento, hacia los veintitantos, en el que empiezas a pensar seriamente en el amor y tu novia o tu pareja pasa a ocupar ese lugar.

–¿Por qué le interesa tanto esa edad?

–Me fascina que tengas que tomar todas las grandes decisiones cuando todavía eres prácticamente un crío. Decisiones enormes: ¿vamos a estar juntos?, ¿vamos a vivir juntos?, ¿nos vamos a casar?, ¿vamos a tener hijos?, ¿cuántos?, ¿vamos a centrarnos en una carrera profesional?, ¿uno de los dos tendrá carrera y el otro no?, ¿nos quedamos cerca de nuestra familia o nos vamos a otra ciudad o a otro país buscando oportunidades? Todas esas decisiones gigantescas ocurren cuando tienes veintipocos años y ni siquiera sabes qué día de la semana es porque acabas de salir de un bar, de una fiesta o de un club.

«La gente vota por cosas que la hacen más pobre. Eso siempre me ha fascinado»

–¿Le preocupa que la rebeldía se haya convertido más en una pose para redes sociales, un decorado, que en una actitud real?

–No pienso demasiado en esas cosas. No estoy demasiado involucrado en política porque, sinceramente, todos los partidos son más o menos lo mismo. Ninguno va a devolver realmente a la comunidad los recursos o el poder que le han quitado. Y cualquiera que intente hacerlo termina completamente marginado y destruido. Así que seguimos jugando el mismo juego frustrante una y otra vez. Y no me atrae demasiado formar parte de eso.

–¿Qué es lo que le interesa explorar entonces como escritor?

–Me interesa mucho la manera en que las personas actúan contra sus propios intereses. Me fascina eso. La gente toma drogas que las matan. Votan a partidos políticos que van a hacerles más pobres. Votan por cosas como el Brexit aunque sepan que les va a perjudicar. Me interesa entender cuál es la génesis de ese mecanismo, tanto individual como colectivamente. Siempre me ha fascinado. Y de eso trata realmente mi escritura. De explorar por qué las personas hacen cosas que son malas para ellas mismas, cosas que arruinan su futuro, y aun así sienten la necesidad desesperada de hacerlas.

–Quería preguntarle si comprender el mal puede convertirse en una forma de justificarlo.

–No estoy seguro de entender exactamente la pregunta.

–Me refiero a la diferencia entre comprender algo y justificarlo, a la ambigüedad moral de sus personajes.

–Como novelista, como escritor de ficción, no estoy en posición de justificar cosas ni tampoco de condenarlas. Lo que quiero es observar cómo se comporta la gente y cuáles son las consecuencias de eso para ellos mismos, para sus familias, para sus amigos y para la comunidad en la que viven. Eso es lo que me interesa. Si piensas en algo como el Brexit, por ejemplo, la gente votó por algo que iba a hacerles más pobres a ellos, a sus familias y a sus comunidades, y aun así votaron por ello. Mi trabajo no consiste en condenarlos ni en justificarlos. Mi trabajo es intentar entender qué mecanismos les llevaron a tomar esa decisión. La gente toma drogas peligrosas, vive estilos de vida hedonistas y autodestructivos, pone en riesgo su salud… Y a mí me interesa entender por qué ocurre eso.

–¿Y por qué ocurre?

–Creo que muchas veces viene por una necesidad de drama. Si las personas viven vidas aburridas, rígidas, completamente prescritas, sienten la necesidad de romper con eso de alguna manera, aunque sea de una forma destructiva, inútil o estúpida.

«Las nuevas adicciones digitales son mucho más peligrosas que la heroína»

–Este año se cumplen treinta años de 'Trainspotting'. ¿Qué sigue entendiendo de aquellos personajes y con qué cosas ya no comparte nada?

–Con todos comparto algo, realmente. Tienes que identificarte con ellos para poder escribirlos. Todos son arquetipos muy reconocibles: el intelectual cínico, el compulsivo, el mujeriego, el violento impulsivo y loco, el perdedor amable que intenta hacer lo correcto pero siempre fracasa… Y creo que todos tenemos algo de esos personajes dentro de nosotros. Eso no significa que seamos Begbie o Sick Boy o Renton, pero sí tenemos suficientes rasgos de ellos como para reconocernos. Eso es lo que me interesa: puedes ir muy lejos con esos personajes porque representan características humanas muy reconocibles.

–¿Le molesta que mucha gente haya convertido 'Trainspotting' en algo cool, obviando la desesperación de sus personajes?

–No del todo. Es algo que ocurre con cualquier obra que se convierte en un éxito. Termina convertida en meme, en parodia o en icono cultural. No siento ninguna conexión emocional especial con eso. Si alguien hace una parodia de mi trabajo o de ¡American Psycho¡ en televisión, siento exactamente lo mismo. No me lo tomo ni como algo positivo ni como algo negativo.

–En sus libros habla mucho de heroína y de drogas. ¿Cómo analiza las nuevas adicciones, como las pantallas, el chemsex o los algoritmos?

–Creo que son mucho más peligrosas que la heroína porque afectan a todo el mundo y porque no podemos escapar de ellas. Hemos construido nuestras propias cárceles. Internet prometía libertad, pero se ha convertido en el mayor mecanismo de control imaginable porque está en manos de muy pocas personas. Está controlado por grandes corporaciones tecnológicas que sirven a sus propios intereses en lugar de a los intereses de la comunidad. Tenemos que encontrar una manera de recuperar Internet. Estamos en un momento muy triste porque Internet nos dice qué hacer. Los algoritmos y la inteligencia artificial nos ofrecen versiones reducidas de nosotros mismos. Vivimos en una sociedad postcultura. El lenguaje ya no trata de expresión ni de arte sino de instrucciones. Y creo que tenemos que replantearnos seriamente qué estamos haciendo porque ahora mismo la tecnología nos está controlando a nosotros.

«Los multimillonarios han conseguido que mucha gente apoye exactamente a quienes destruyen sus vidas»

–Le preocupan la precariedad y la pobreza, pero también parece que la gente cada vez vive más distraída.

–Exacto. El gran problema es la distracción. Los recursos del mundo y los recursos de los ciudadanos están siendo absorbidos por el sistema y concentrados en manos de unos pocos. Mientras tanto, la mayoría de la gente pierde la vida mirando pantallas, haciendo llamadas de Zoom y saltando de un estímulo a otro. Es una sociedad distópica y tenemos que detener esto. Tenemos que repartir los recursos de manera más equitativa. Las dos cosas que han sido destruidas por la tecnología y por el capitalismo corporativo son la libre empresa y la democracia social, que eran las bases de la civilización de posguerra.

–¿Y cuál es la salida?

–Necesitamos volver a una sociedad en la que la gente pueda crear pequeños negocios, prosperar y sentirse útil. Y también necesitamos un estado del bienestar que cuide de las personas, las eduque y las empodere. Porque ahora mismo nos estamos deseducando a través de Internet. Nos hemos convertido en una especie de yonquis de dopamina que van de un estímulo a otro consumiendo fragmentos de información descontextualizada que no significan nada. Todo termina reducido a eslóganes. Vivimos en una sociedad postverdad. En Inglaterra, por ejemplo, el único líder judío importante que recuerdo en un gran partido político acabó siendo acusado de antisemitismo. ¿Qué tipo de mundo es ese? Es completamente absurdo.

–¿Le sorprende que en España todavía tengamos sanidad pública?

–Bueno, sí y no. Me sorprende un poco, pero tampoco debería sorprenderme porque eso era lo normal en gran parte de Europa occidental. Eso existía también en Reino Unido y poco a poco ha sido reducido al mínimo. En Estados Unidos prácticamente ni existe. Europa todavía intenta mantener ciertos valores de sociedad civilizada, y espero que tenga suerte porque Reino Unido se está alejando completamente de eso. Y no se trata solo de dinero o de economía. Se trata de perder toda una estructura social que formaba parte de la cultura británica desde el informe Beveridge y desde el consenso de posguerra: la idea de cuidar de la clase trabajadora que reconstruyó el país.

–¿Cómo está viviendo esta deriva en Inglaterra?

–Ahora mismo estamos en una situación terrible en Inglaterra. Y casi tienes que sentir una especie de admiración perversa por los multimillonarios que controlan la prensa y la propaganda, porque han conseguido que mucha gente apoye exactamente a quienes están destruyendo sus vidas. Tienes partidos llenos de multimillonarios diciendo abiertamente: «Vamos a quitaros dinero, vamos a destruir la sanidad pública, pero votadnos porque hay refugiados llegando en pequeñas barcas». Y funciona. Es una locura absoluta. Pero no ha ocurrido de repente. Llevamos casi cincuenta años recibiendo esa propaganda. Cuando yo era niño ya existía, pero entonces todavía había sindicatos fuertes, una democracia social más sólida, una clase trabajadora educada capaz de contextualizar lo que ocurría. Y eso se ha perdido.

–¿Percibe cierto sometimiento de los líderes europeos a Donald Trump?

–Sí. Y creo que es un error. No puedes contemporizar con alguien así. Tienes que mandarlo a la mierda. La historia ya nos ha enseñado lo que pasa cuando intentas apaciguar a los tiranos y les das legitimidad.

«Cuando ves a la gente caminando con el móvil pegado a la cara, piensas: ¿de verdad esto es progreso?»

–¿Y qué me dice de su propio aburguesamiento? Porque estamos hablando de todo esto en un hotel de cinco estrellas. ¿Qué hace hoy Irvine Welsh que su yo de hace veinte años jamás habría aceptado?

–Probablemente estar disfrutando de un hotel tan bonito como este, sí. Mi yo joven me miraría y me diría: «Mantén los pies en la tierra». Probablemente él estaría en un bar buscando drogas o una fiesta. Pero, en realidad, sigo haciendo muchas de las mismas cosas. Sigo yendo a beber a los mismos bares, sigo teniendo a los mismos amigos en Edimburgo y Londres. Todavía voy a fiestas y clubes. No tomo tantas drogas ni bebo tanto como antes, claro, pero muchas cosas siguen igual.

–¿Y qué ha aprendido del privilegio y del éxito?

–No demasiado, la verdad. Vivo una vida más cómoda y ordenada, pero sobre todo gracias a mi mujer. Ella organiza todo y hace que el lugar donde vivimos sea bonito y acogedor. Si dependiera de mí, probablemente seguiría viviendo exactamente igual que antes. No me fijo demasiado en esas cosas. Creo que cuando compartes tu vida con alguien, tus estándares cambian porque normalmente la otra persona es mejor que tú en ese tipo de asuntos.

–Si hoy tuviera que reescribir el famoso 'Choose life', ¿cómo sonaría?

–Diría algo así como: «Elige la vida. Elige intentar limpiarte. Elige comprar una aspiradora. Elige una esposa con quien sentarte delante de la televisión. Elige hijos que te saquen un poco de quicio»... Pero probablemente no elegiría teléfonos móviles. Es curioso porque ves imágenes de los años cincuenta, sesenta o setenta y todo el mundo estaba fumando constantemente. Y ahora caminamos por la calle con estos aparatos pegados a la cara todo el tiempo (señala un móvil). Y piensas: «¿De verdad esto es progreso?». Porque también parece una locura.

comentarios Reportar un error