Teatro con trauma


12 Abril 2026

Málaga

CdelSol Noticias

Hace unos días, cuando empezó la guerra contra Irán, me sorprendió que los que entonces la defendían (ahora quedan menos) usaran como argumento el asesinato ... del ayatolá Jomeini en los primeros bombardeos. Sí, el mundo tiene un tirano menos, pero para conseguirlo llevamos ya millares de muertos. Si en vez de «Ha muerto Jomeini» los titulares fueran «Han muerto 168 niñas en una escuela de Irán en los bombardeos que mataron a Jomeini», quizás tendríamos más escrúpulos a la hora de analizar los hechos. Pero, me temo, los traumas están muy por debajo del relato.

Me viene a la cabeza esta comparación con la actualidad al ver 'Vulcano', de la dramaturga catalana Victoria Szpunberg. La he podido ver en El Ejido, donde un renovado Teatro Cánovas lleva año y poco programando dramaturgias contemporáneas que no suelen llegar al resto de coliseos malagueños. Una mezcla interesante de gente joven y vecinos del barrio nos juntamos el viernes para ver una obra estrenada en el Centro Dramático Nacional en marzo del año pasado, de una autora que es la última ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática, y que aborda la llegada de una reportera y un cámara (que se llama Eliseo, como el profeta) a la vida de una humilde familia que acaba de vivir una tragedia. Los intereses del relato es algo que ya hemos visto en la ficción (recomiendo dos películas: 'El gran carnaval', de Billy Wilder y 'Nightcrawler'de Dan Gilroy), lo especial en este caso es que la familia es la que tiene más problemas en aceptar los hechos frente a unos cronistas, dirigidos por un ausente Ovidio que hace de padre machirulo de todas las historias, que sí están preocupados por la pureza de la verdad.

Sin embargo, todo esto es una larga introducción para hablar de cómo las narraciones, se atengan a la realidad o no, crean la identidad de nuestras comunidades, llámese familia o país, y además esconden traumas que necesitan ser repetidos para ser sanados. Un dispositivo, el del cuestionamiento de la verdad del propio teatro a través de la escenificación dentro de la escenificación, que empieza a ser casi un cliché entre los autores contemporáneos. Algo tiene esta obra de la maravillosa 'The Walworth Farce', de Enda Walsh. Teatro con trauma y trauma con teatro. Y en esto, la directora Andrea Jiménez está como pez en el agua. Su imprescindible 'Casting Lear' de otra forma, se preguntaba algo parecido. Y su manera de entender la escena, como un juego, da pie al vídeo en directo, al 'lip sync', a cantar mal, a romper la cuarta pared, a la narración dentro de la narración y lo que se necesite.

Pero, después de abrir tantos melones, de tanto guiño cultureta a los clásicos, de la metateatralidad, de la modernidad… se queda en un quiero y casi puedo. Hay momentos buenos de humor y claustrofobia, ternura y pena, pero es todo demasiado evidente, demasiado explicativo (después de ver cojear al padre durante toda la obra, él mismo necesita aclarar que es un trasunto de Vulcano), y no termina de girar bien el primer tema con el segundo. Parecen dos obras en una. Y es una pena porque el reparto se esfuerza, quiere divertirse, pero parece algo descolocado. No hay nada que me incomode más que ver actores parados mirando la actuación de otro, y la obra obliga a eso a veces. Destacan Javi Coll y Belén Ponce de León, que están realmente graciosos, y Eneko Sagardoy, que tiene algo magnético que roba las escenas.

El público estuvo riéndose con ganas durante toda la obra y aplaudió con entusiasmo al finalizar. Este es mi relato. También mis traumas. Ustedes podrán activar los suyos, quizás sanarlos, viendo la obra. El sábado 11, segunda y última función en el Teatro Cánovas. Y que el dios Vulcano no les pille con un móvil en la mano.