La tarde que Picasso sobrevivió a la ultraderecha
17 Febrero 2026
Málaga
CdelSol Noticias
Era finales de 1971. La galería Theo, en Madrid, inauguraba una exposición de veintisiete obras de Pablo Ruiz-Picasso que formaban parte del conjunto 'Suite Vollard'. Pasadas las cinco de la tarde, seis hombres vestidos con camisas azules y pertenecientes al grupo ultraderechista Guerrilleros de Cristo Rey irrumpieron en la sala para destrozar los grabados del artista malagueño. Ahora, como en un poético ajuste de cuentas, el Museo Reina Sofía recupera parte de esa colección, a unos pasos del 'Guernica', como parte de la muestra 'Arte contemporáneo'.
Dieciséis de las veintisiete obras expuestas en Theo quedaron destruidas. Los atacantes arrojaron ácido, golpearon las piezas con mazas y las rajaron con navajas. La galería guardó estos grabados devastados como prueba de lo inadmisible, algo que ha permitido al Reina Sofía exponerlos junto a copias en perfecto estado. La colección ha sido inaugurada este lunes por el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, desde la reivindicación «del ejercicio ético de reparación histórica» que supone la recuperación de estas obras «en un momento en que parece necesario recordar la violencia que acarrea la intolerancia».
Picasso y Franco se detestaban. Era un odio público, indisimulado. El pintor andaluz, exiliado, siempre se declaró republicano y llegó a afiliarse al Partido Comunista. Su recreación del bombardeo sobre la localidad vasca de Gernika se convirtió en símbolo internacional contra la dictadura. El régimen, a su vez, promovía el arte académico y nacionalcatólico y asociaba las corrientes modernas a la decadencia y el desorden, una estrechez de miras que, con el paso del tiempo, acabó resultando insostenible.
Porque la España de los setenta, transformada por el desarrollismo y la apertura económica y turística, no era aquel país gris y rancio de los años cuarenta. Y Picasso ya era el artista vivo más famoso del mundo. Ignorarlo o reducir su figura a la de un «degenerado» era culturalmente ridículo, así que la dictadura diseñó una estrategia para apropiarse del pintor diluyendo su compromiso político, una narrativa en la que Picasso jamás colaboró. Es más: la combatió. Pero incluso hubo intentos, por parte del franquismo, de que el 'Guernica', entonces en el MoMA de Nueva York, volviera a España. El fundador del cubismo, sin embargo, siempre condicionó ese retorno: su cuadro más universal sólo regresaría a casa cuando hubiera libertades públicas.
El desprecio inicial, en cualquier caso, ya había derivado en cierto reconocimiento forzado por las circunstancias, una viraje que los más radicales consideraron una traición. Porque la ultraderecha nunca perdonó que Picasso ridiculizara al dictador en 'Sueño y mentira de Franco', una serie de viñetas donde lo mostraba monstruoso, torpe y servil al dinero y la Iglesia. Dentro de esa lógica caricaturesca, lo llegó a dibujar copulando con un cerdo, algo que los más fieles al régimen nunca olvidaron. Uno de esos radicales era Blas Piñar, fundador de Fuerza Nueva. Su papel resultó decisivo en los actos vandálicos contra los grabados de Picasso.
Piñar creyó, según la documentación recopilada por la investigadora Nadia Hernández, que los dibujos expuestos en la galería Theo pertenecían a la serie contra Franco, ignorando que en realidad formaban parte de 'Suite Vollard'. De ahí que aquella inauguración se llevase la peor parte de la ola de atentados organizados a finales de 1971, coincidiendo con el 90 cumpleaños del genio, contra librerías y galerías que exponían obras suyas. Pero en realidad 'Suite Vollard' fue un encargo de Ambroise Vollard, considerado el gran galerista del arte moderno en París, y la mayoría de su producción corresponde a los años anteriores a la Guerra Civil.
Son aguafuertes y buriles minuciosos, de una precisión casi quirúrgica, donde el malagueño abandona la estridencia cubista. Tampoco hay consignas ni proclamas sino mitología, erotismo y estampas de taller. El minotauro atraviesa la serie como un alter ego oscuro: a veces violento, a veces ciego y vulnerable, siempre ambiguo. Picasso se retrata como escultor clásico, rodeado de modelos desnudas, en escenas que oscilan entre la contemplación y la tensión sexual. Cuando estalló la guerra, la serie estaba prácticamente concluida, aunque en los últimos grabados, fechados entre 1936 y 1937, se detecta ya su pesadumbre ante la catástrofe.
Los grabados expuestos en el Reina Sofía, cedidos por Theo, forman parte de una ambiciosa colección que ocupa la cuarta planta completa del museo y que incluye obras de otros artistas como Dalí, Miró, Juan Genovés, Andy Warhol, Guillermo Pérez Villalta y Cristina García Rodero. Un final que demuestra que el arte, a veces, le gana la batalla a la violencia.
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