Las piedras negras de Agdam


8 Diciembre 2024

Málaga

CdelSol Noticias

Trasladaron las piedras de Agdam. Piedras impregnadas de odio, como grasa en el azulejo. Las piedras, que nada saben de religión ni de fronteras, fueron separadas las unas de las otras por el bombardeo del ejército de Armenia en 1993. Una cruenta batalla que no sólo desmembró edificios, sino también familias. De la ciudad solo sobrevivió el perfil de las avenidas y las casas, como si se tratara de un gigantesco plano bidimensional.

Muchos años antes, las montañas del Cáucaso moldearon una llanura fértil, a la que pusieron por nombre Karabaj, regada en abundancia por el río Kura y sus afluentes. El paisaje se teñía de amapolas y tulipanes, sembrados por la naturaleza junto al tomillo y el ajenjo. Abrigaba humedales la pradera junto a las cuencas de los ríos, donde las garzas y los patos se complacían en un hábitat con abundancia de truchas, barbos y pejerreyes del Cáucaso. Un poco más allá, en las faldas de las colinas que iniciaban el ascenso hasta las cumbres, se extendían tupidos bosques de olmos, nogales y coníferas desprendiendo un aroma a tierra mojada, resina y musgo. Allí donde los osos y los linces gobernaban la escarcha, donde el tiempo transitaba con serena lentitud desde las luces tempranas hasta los postreros fulgores del sol.

A esta acuarela de luz llegaron a finales del siglo XVIII los azeríes, y les pareció un lugar apropiado para fundar una ciudad a la que llamaron Agdam (Casa Blanca). Parcelaron sus tierras de cultivo y cercaron los pastizales para su ganado. Construyeron sus casas con piedra caliza y allanaron los caminos que unieron los puntos estratégicos para la ruta del comercio en el Cáucaso. Su esfuerzo costeó mezquitas con afilados minaretes desde donde el muecín recitaba sus oraciones al desprenderse la luz de la tarde, Allahu Akbar, Allahu Akbar. Los ecos, con sus largos brazos, alcanzaban el horizonte y se colaban por los huecos de las ventanas donde parpadeaba un hogar encendido, congregando a la familia a su alrededor para escuchar las leyendas locales narradas con la voz experimentada y sabia de quien ha recorrido varias vidas.

Agdam no fue diferente al resto de las ciudades. Creció, se extendió, se modernizó aceleradamente con la llegada de la era soviética, pero los habitantes siguieron siendo los mismos agricultores y ganaderos que grabaron su identidad sobre aquella llanura. Ningún forastero debió dibujar una línea fronteriza entre ellos.

A finales de los ochenta, las tensiones independentistas incendiaron una guerra entre Armenia y Azerbaijan. Ambos reclamaban un territorio, aunque en realidad su pretensión era la potestad de gobernar a sus pueblos. Agdam fue el epicentro de la contienda y acabó reducida al vacío y a un estatus perecedero. La República Independiente de Nagorno Karabaj, reconocida únicamente por sus habitantes, mantuvo durante años a la ciudad vigilada, como un esquema del pasado, donde cada casa, cada tienda, cada escuela proporcionaba un argumento que impedía regresar al pasado.

A pesar del acuerdo de Bishkek, que puso fin al conflicto, Azerbaijan no archivó ni sus razones ni su soberbia y, en septiembre de 2020, volvieron a remover las cicatrices con una cruel ofensiva que les hizo recuperar el territorio, pero no así a los habitantes.

Los viajeros que llegan a la frontera desde Armenia o desde Azerbaiyán encuentran una planicie vacía, tan solo interrumpida por la silueta de los dos minaretes de la Mezquita de Juma. Un guía les explica que en aquel valle se encuentran los restos de Agdam. Es mentira. La ciudad no pertenece al paisaje. La ciudad la conforman las piedras y aquellos que las colocaron. En realidad, Agdam está dispersa. Repartida por las innumerables aldeas y poblados que constituyen Nagorno Karabaj.

Para construir esas casas, sus moradores utilizaron las mismas piedras que un día levantaron Agdam, piedras impregnadas de odio como grasa en el azulejo.