Festival de Teatro de Málaga | 'El patio número 3': Mucho humo en el patio de la Guerra Civil


12 Enero 2026

Málaga

CdelSol Noticias

La obsesión unamuniana sobre el otro es casi una patología de nacimiento para un español. La lucha entre el yo y el no-yo. Existimos ... porque existe el otro, y no pensamos igual que él, o no tenemos el mismo acento, o los mismos gustos o cualquier otra excusa. Citando a Byung-Chul Han, nuestra alteridad nos provoca una respuesta inmunitaria, nos crea fronteras, trincheras, muros. Nos divide. ¿Por qué pienso en todo esto? Acertaste: 'El patio número 3', primera obra de teatro de una compañía de Málaga, Aeterno, en el 43 Festival de Teatro, va sobre la Guerra Civil. Y en concreto, sobre la relación entre la madre de un preso por el bando sublevado y uno de los guardianes, a las puertas de la cárcel de Sevilla donde ella, todos los días, acude a dejar una cesta de comida para su hijo. Ese 'otro' que nunca aparece y siempre está presente.

Aunque parezca mentira, durante el franquismo hubo algunos intentos de que los dos bandos se mirasen en los teatros. En 'Callados como muertos', de José María Pemán, un diplomático franquista se enamora de una mujer que había luchado por la república. En 'Ninette y un señor de Murcia' de Miguel Mihura, el joven murciano que llega a París se hospeda en la casa de un comunista exiliado. 'El tragaluz' de Antonio Buero Vallejo, narra la vida de una familia de vencidos. Las traigo de ejemplo porque percibo en el dramaturgo sevillano Víctor Muñoz, autor de la obra que ayer vimos en el Teatro Echegaray, una sana intención de convencer y no de vencer, volviendo a Unamuno. De mostrar dos planos de sufrimiento por debajo de la relación entre víctima y verdugo. Una relación basada en la repetición, en la obsesión, en el horror, pero también en el amor de una madre. Una historia sencilla, previsible, con sus estereotipos, pero con su amargo lirismo.

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Una historia sencilla, repito, en la que no he entrado ni he sentido por un montaje demasiado ambicioso de Miguel Cegarra. En un código casi expresionista, los actores Carmen Ruiz-Mingorance y Javier Cereto sufren y se retuercen desde el principio mientras cuentan cada uno de sus pasos en una extenuante coreografía de idas y venidas, sonidos, luces, sombras y humo, mucho humo (y mucha tos en el patio de butacas). La desfamiliarización de la realidad, a mi juicio, impide empatizar con un pasado que todos compartimos de alguna u otra manera. Un exceso de audiovisuales, transiciones, efectos y guiños semanasanteros. Pero reconozco que Cegarra sí mide bien a sus actores: Ruiz-Mingorance está muy convincente y Cereto lo da todo, consiguiendo mantener en pánico a su personaje durante una hora sin caer en el ridículo. No es fácil. Sobre todo cuando sonó un teléfono móvil en primera fila, casi a su lado.

Esto con respecto a mí. También es verdad que el teatro estaba a rebosar hasta la primera planta (¿cuándo van a poder las compañías malagueñas acceder al Teatro Cervantes?) y el público se puso unánimemente en pie y regaló un largo y cálido aplauso al equipo de la obra al finalizar.