Una década sin el genio de David Bowie


11 Enero 2026

Málaga

CdelSol Noticias

Cuando el 10 de enero de hace diez años el mundo despertó con la noticia de que había muerto David Bowie, pocos se lo podían ... creer. ¿Cómo era posible? Apenas un par de días antes, en su 69 cumpleaños, había lanzado 'Blackstar', su vigesimoquinto álbum, una colección de canciones tan extraña y difícil como genial y estimulante, que recuperaba al duque blanco más experimental y atrevido. Tres años antes, Bowie había puesto fin a una década de silencio discográfico con 'The Next Day', un brillante álbum que, como bien apuntaba Fidel Oltra en la crítica que escribió para Muzikalia, sonaba a «una especie de grandes éxitos donde todas las canciones son nuevas». Así que cuando llegó este nuevo LP, anticipado por dos singles esta vez y sin el efecto sorpresa, todo el mundo dio por sentado que el músico británico había dejado atrás su bache creativo y se reincorporaba con inusitado entusiasmo a los engranajes de la industria musical. Si hasta las fotografías promocionales del disco, realizadas por Jimmy King unos meses antes, mostraban a un elegante Bowie, con traje gris marengo y sombrero, sonriendo abiertamente, con un desparpajo casi infantil.

Después sabríamos que para cuando le tomaron aquellas imágenes, el cáncer de hígado, diagnosticado 18 meses antes y que solo confesó a sus más íntimos allegados, estaba ya tan avanzado que Bowie tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para mostrar la imagen con la que quería que se le recordara para siempre. «Siempre hizo lo que quiso. Y quiso hacerlo a su manera y hacerlo de la mejor manera. Su muerte no ha sido diferente de su vida: una obra de arte. Hizo 'Blackstar' para nosotros, su regalo de despedida. Durante un año supe que esta era la manera en que se marcharía. Sin embargo, no estaba preparado para ello. Fue un extraordinario hombre, lleno de amor y vida. Siempre estará con nosotros. Pero ahora, es apropiado llorar», desvelaba entonces Tony Visconti, colaborador habitual del músico británico y coproductor del disco.

Nadie podía obviar, eso sí, unas letras que tenían mucho de despedida. Entre las siete canciones que conformaban aquella obra maestra, que abría una descomunal 'Blackstar', de casi diez minutos de duración y ritmos sincopados, estaba 'Lazarus', que hacía referencia a Lázaro de Betania, aquel muerto que en el Evangelio se levantaba y andaba. En la canción, se podían escuchar versos como «Mira aquí, estoy en el cielo / tengo heridas que no se pueden ver / tengo un drama que no se puede robar / todo el mundo me conoce ahora. / Mira aquí, estoy en peligro, / no tengo nada que perder». Para sus dos videoclips, Bowie construyó un nuevo personaje, una suerte de predicador sufriente y con los ojos vendados -dos botones cosidos a la tela ejercían de diminutos e inquietantes globos oculares-, que se lo mismo se aferraba a un libro sagrado que se retiraba a un armario-ataúd. A todo ello había que sumar los múltiples significados de la expresión 'estrella negra' o el exquisito diseño de la carpeta que guardaba el vinilo, la primera en toda su carrera en la que no aparecía su cara, llena de misterios que se irían revelando con el paso de los días.

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Bowie encarnando a Ziggy Stardust.

El artista de la mirada bicolor había logrado reinventarse por última vez y lo había hecho reclutando a instrumentistas de jazz con los que había explorado nuevos caminos. «Lo pasamos genial. Los músicos eran asombrosos y verles tocar en directo era increíble», contaba un año después de su muerte a este periódico el ingeniero de sonido Kabir Hermon, implicado en la grabación del disco como segundo asistente y gerente entonces de Magic Shop, el estudio en el que Bowie grabó sus últimos dos álbumes, ubicado entonces en el céntrico barrio del Soho y a 300 metros de la vivienda del músico, situada en la calle Lafayette de Manhattan, en Nueva York.

Un camaleón

La intimidad que rodeó su última etapa fue en consonancia con el perfil bajo que el artista del sur de Londres (Brixton) adopto desde que en 2004 varios achaques de corazón le obligaran a cancelar la gira de ese verano. Su paso por el quirófano en pleno tour -fue sometido a una angioplastia para restaurar su flujo sanguíneo- dio lugar a un silencio casi sepulcral en en torno a su figura.

Nada que ver con sus vidas pasadas, así en plural. Y es que Bowie fue el rey del disfraz, un camaleón que, como contaba Christopher Sandford en la biografía 'Bowie, amando al extraterrestre' (T&B Editores), no dudaba, por ejemplo, en «distorsionar la historia de su infancia» para hacerla «más atractiva y pintoresca», prueba irrefutable de que no lo fue. Años más tarde, en privado, hablaría de la «bola y la cadena de la clase media» que se vio condenado a arrastrar consigo.

Porque David Robert Jones (Londres, 1947) llegó al mundo en una familia relativamente acomodada. Su madre, Margaret Mary, de ascendencia irlandesa, trabajaba como acomodadora de cine, mientras que su padre, Haywood Stenton Jones, era el responsable de publicidad de una ONG. Estudió arte, música y diseño, así como trazado y composición tipográfica, pero pronto empezó a despuntar en la música y en las artes escénicas. Creció escuchando artistas como The Platters, Fats Domino, Elvis Presley o Little Richard, y su hermanastro Terry le inculcó la pasión por el jazz moderno de músicos como Charles Mingus o John Coltrane, de ahí que hiciera sus pinitos con el saxo, instrumento que nunca dejó de tocar.

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Bowie, encarnando al predicador ciego de sus dos últimos videoclips.

Tras probar suerte en varias bandas y lanzar un primer álbum de corte folkie con poco predicamento, su carrera comenzó a coger fuerza con 'Space Oddity', su eterno primer 'hit' -tuvo la osadía de recuperar al Major Tom en 'Ashes to Ashes', en el ochentero 'Scary Monsters', y le salió de fábula-. Pero fue con 'The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars' (1972), cuando sacudió los cimientos del glam rock. Ziggy Stardust, su alter ego ambiguo, fascinante y mesiánico, sería el primero de los muchos personajes que Bowie encarnó a lo largo de su vida en su afán por no repetirse.

Para entonces ya había despachado discos como 'The Man Who Sold the World' (1970) o 'Hunky Dory' (1971), con canciones como 'Black Country Rock' o 'Life on Mars?', que sumarían adeptos al calor del extraterrestre andrógino, mientras él saltaba inquieto al soul y al funk, con 'Diamond Dogs' (1974) y 'Young Americans' (1975), flirteaba con el fascismo en su etapa más drogodependiente, y se distanciaba del rock -y lo intentaba de la cocaína- para acercarse al new wave de la mano de Brian Eno, con el lanzamiento de la trilogía berlinesa, encabezada por 'Heroes' (1977), y se sumaba a la música disco más comercial con 'Let's Dance' (1983) o fracasaba como líder de una formación de art rock y hard rock con Tin Machine y dos álbumes que pasaron sin pena ni gloria por las estanterías, sin olvidar la electrónica que, con mayor o menor tino, acarició en los noventa con 'Earthling' (1997).

La jugada no siempre le salió bien, pero, siempre visionario, su olfato nunca dejó de funcionar. Prueba de ello es que apoyó antes que nadie a bandas como Placebo o Arcade Fire. Celebró su 50 cumpleaños en el Madison Square Garden, rodeado de músicos como Robert Smith, Frank Black, Kim Gordon, Billy Corgan o Dave Grohl. Difícil molar más.