Médicos supercapaces: «Mis pacientes nunca me han hecho sentir diferente»


18 Noviembre 2025

Málaga

CdelSol Noticias

No quieren ni escuchar hablar de diversidad funcional y otras construcciones semánticas que los diluyen como colectivo e individuos y reivindican su profesionalidad, su determinación y su empuje como notas características de su historia: tres médicos con discapacidad relatan a SUR sus respectivas experiencias, relatos de toda una vida que hablan de su coraje para superar las adversidades y mostrar a todos, y a los jóvenes que pueden estar en una situación parecida, que se puede, siempre que se quiera, aunque su versión de los hechos también revela que hay muchas barreras, mentales y arquitectónicas, que derribar.

Como dice Carmen María Soriano Fernández, malagueña de 47 años que ejerce como especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública en el Hospital de la Axarquía: «Mis pacientes nunca me han hecho sentir diferente: conecto con ellos». Los tres reciben a SUR en una de las salas del Colegio Oficial de Médicos de Málaga, sonríen y narran sus vidas con la tranquilidad de quien se sabe capaz de beberse las tormentas.

Francisco Antonio Zambrana tiene 57 años, nació en Carratraca, pero sus padres se lo trajeron a la capital con cuatro años para que pudiera estudiar. En 2005, al salir de la bañera, se resbaló y quedó tetrapléjico. Había iniciado la carrera de Medicina siendo más joven, pero el trabajo le impidió compatibilizar los estudios, que retomó en 2008 y concluyó en 2017. Ahora se dedica a la valoración del daño corporal, una subespecialidad de la Medicina Legal. Recientemente ha finalizado también Psicología.

«La verdad es que me costó bastante cuando ingresé nuevamente en la facultad, tenía alguna asignatura aprobada, habían cambiado los planes de estudio», relata a SUR, aunque reconoce: «Es una carrera que requiere de mucha dedicación». ¿Cómo es su día a día? «Me levanto, desayuno, voy a juicio, paso consulta a los pacientes y lo bueno de mi trabajo es que puedo hacer los informes en casa», dice. Algunos pacientes reaccionan como si no pasara nada y otros, «cuando te ven, tienen un choque: dicen 'uy, este hombre me va a perder', pero poco a poco se van relajando y al final te aceptan. Salen bastante satisfechos».

Aconseja a muchos jóvenes con discapacidad física que quieren entrar a la facultad. «Yo les digo que adelante», afirma. A algunos de estos, al parecer, «les ponían muchas pegas para estudiar Medicina y tal. Y les dije: 'Yo lo he conseguido y estoy en silla de ruedas, no es un impedimento'», declara. ¿Por qué le costó más la carrera? «A la hora de las prácticas, requiere de muchas horas de estudio, yo suelo tener muchas revisiones médicas, tratamiento de toxinas botulínicas por la espasticidad. Hay días que no puedo estar al 100%», declara, aunque sentencia: «Lo mejor de ser médico es ayudar a las personas, vienen con auténticos problemas, cuando eso se resuelve no hay dinero que pague la alegría que me da».

Destaca que, cuando terminan, las personas con discapacidad tienen problemas para hacer el MIR. De hecho, él no lo hizo. «Era una aventura para mí. Me recomendaron hacer valoración del daño corporal», precisa, y añade: «He trabajado en Málaga con los nombres de abogados más sonados en el campo laboral y de accidentes; sin embargo, ellos nunca me han ofrecido trabajar, siempre han sido los pacientes quienes les han dicho: 'Quiero que me vea el doctor Zambrana'», para criticar, acto seguido, a la universidad por las «barreras arquitectónicas y de mente». Ahora, provee de los apuntes de psicología a su hijo. Está casado y tiene otra hija.

Laura Sánchez Torres está casada, tiene 41 años, un hijo pequeño y ejerce como facultativa de Análisis Clínicos en el Centro de Transfusión, Tejidos y Células de Málaga. Entre otras áreas, lidera la distribución de sangre de cordón umbilical a nivel internacional para trasplantes de médula ósea y la criopreservación de semen en pacientes oncológicos, trans y otros. «Tengo una hemiparesia izquierda, provocada por una hemorragia cerebral que tuve con 14 años, estando de viaje de estudios en el Pirineo aragonés», dice. Pasó varios meses en Zaragoza, internada. Su contacto con el hospital la convirtió en una amante de las carreras relacionadas con la salud. Quiso ser fisio, «pero como tengo la movilidad de la parte izquierda un poco limitada, no veía que fuese la mejor salida, me decidí por medicina y no me arrepiento para nada». Puede caminar, «sólo necesito apoyos para subir y bajar escaleras, pero mi mano izquierda es inservible». Estudió la carrera entre 2002 y 2015.

«La mayoría de los recuerdos son buenos, porque, a pesar de haber tardado tanto tiempo, eso me ha hecho conocer a muchísima gente», relata, y explica, seguidamente, que hubo barreras, pero todas las superó. «A pesar del trabajo que costó sacarla y del tiempo dedicado, y que te frustraba mucho el futuro porque era como no sé si voy a acabar, si voy a ser capaz... pero si le pones ganas y empeño al final, era lo que quería hacer», indica, pese a que ha habido algún profesor que le ha dicho, literalmente, que «no iba a poder hacer nada». También hubo muros arquitectónicos que superó: por ejemplo, pidió una barandilla que le pusieron, lo que agradece a la universidad. Viene cada día desde el Rincón en autobús.

Tras hacer el MIR eligió cursar la residencia en otra provincia andaluza, pero los responsables de este programa «decidieron entre ellos que no era apta para hacer Medicina de Familia». Le dieron un no apto, denuncia. «Me dijeron que no tenía que repetir el MIR pero que me buscara la vida. Me leí la normativa, y tuve que buscar plazas vacantes acreditadas que no se ofertan por presupuesto, pero que existen en los hospitales. Yo lo había dejado todo: familia y amigos». La excusa que le dieron era que «si tenía que atender un parto o hacer la RCP, no iba a poder».

Finalmente hizo Análisis Clínico, «la gran desconocida, es como la Medicina Interna del Laboratorio, aprendes de todo. Al aprobar las oposiciones y conseguir una plaza, estoy teniendo contacto con pacientes: estoy muy contenta, con el trabajo y con lo conseguido». Cuando los pacientes la ven, no se suelen dar cuenta de lo que le ocurre, pero si la acompañan a un despacho, sí reconocen sus problemas de movilidad. «Y muchos de los que vienen, por ejemplo, por el plasma rico en plaquetas, lo hacen por dolores, porque les cuesta trabajo caminar o lo que sea, algunos me han dicho: 'Doctora, usted me entenderá', porque se ponen un poco en mi piel». Cuando hizo las prácticas de urgencias, los pacientes se ofrecían a ayudarle a ponerse los guantes o se sujetaban el párpado en las exploraciones oculares. «Eran superbuenos conmigo», dice, para precisar: «Ha costado mucho trabajo, pero ha merecido la pena», y recuerda que ella toma relajantes musculares que, al final, la cansan. «No puedes rendir al 100%, haces el 100% de lo que puedes, por eso se reservan plazas de discapacidad en las oposiciones».

Carmen María Soriano Fernández tiene 47 años y se crio en Miraflores de los Ángeles. Desde los tres años sufre de artritis reumatoide, «una enfermedad autoinmune: hay personas a las que sólo les afecta en una articulación, a mí me afectó a todas». Estuvo en silla de ruedas, dejó de ir al colegio, pero el doctor Javier Castilla Ruiz, el marido de su fisio, le dijo a sus padres: «No sé lo que vamos a tardar, pero ella va a volver a andar». A los siete años ya la operó de las dos rodillas, que se convirtieron, con el paso de los años, en 27 operaciones, pero volvió a andar. Ello tuvo un impacto en su asistencia al colegio y al instituto, pero a los 22 años inició medicina. «Me costó trabajo la carrera, porque tuve cinco operaciones: una de ellas una fractura de fémur y otra fue siete meses metida en la cama», relata. Hoy sí hay ascensor en la facultad, pero entonces sólo existía un salvaescalera. «Cuando tú estabas con muleta o en silla de ruedas, era imposible acceder a las aulas».

Durante la carrera, no necesitó «apoyo adicional en ninguna práctica ni de ningún profesor. A mí no me han facilitado el camino por la facultad, he hecho mis prácticas como todo el mundo, las horas que me correspondían». Terminó en 2012, aprobó el MIR y le pasó lo mismo que a Laura. Preguntó y le dijeron que, si no podía hacer RCP ni subirse en una ambulancia, «no me querían, directamente» en Medicina de Familia, por lo que eligió Medicina del Trabajo y se fue sola a otra comunidad autónoma para perseguir su sueño.

«Repetí el MIR, pero hundida». En su nueva especialidad, afirma, una de las responsables «no nos quería ni a mí ni a otra médica que entró con discapacidad». A los tres meses, dos docentes la llamaron para buscarle un plan B. «Había un caso de un chico de Tenerife del año previo, que lo echaron. Él puso un escrito al Ministerio de Educación y lo ganó, y a raíz de él se modificó la ley y se consiguió que hubiera un cupo para personas con discapacidad, que no existía, y que no tuvieras que repetir el examen del MIR, que pudieras cambiar de especialidad», apostilla Laura las palabras de Carmen. «Dos personas decidieron a lo que yo me tenía que especializar, es un poco fuerte». Le ofrecieron Medicina Preventiva y Salud Pública, lo cogió y en 2021 volvió a Málaga. En esa residencia hizo frente a dos operaciones quirúrgicas muy complejas.

La pandemia hizo que su especialidad se visualizara y se crearan plazas. «Gracias a eso, estoy trabajando». Lleva cuatro años y medio en el Hospital de la Axarquía como interina y se dedica a las infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria o las enfermedades de declaración obligatoria. «Los pacientes no me han dicho nunca nada. Yo siento que conectamos y, después de verlos, pasan a la enfermera, que es la que vacuna y todos hablan bien. A mí nunca me han hecho sentir diferente ni nada, hay conexión, cercanía», aclara. Ha habido muchos años en los que ha pensado que no mereció la pena, «pero hoy en día, cuando salgo de la consulta y voy en el coche para mi casa, sí, sí ha merecido la pena».

Lo que pide es que la información fluya hacia las personas con discapacidad antes de realizar el MIR. De cualquier forma, los tres siguen persiguiendo su destino.