«Tenemos que contar nuestra historia para que la gente cambie cómo nos mira»
16 Noviembre 2025
Málaga
CdelSol Noticias
«De mi historia yo te he contado muy poco, porque, si no, te vas a poner a llorar. Además, mi historia es para mí y para mis hijos en el futuro», dice Ebrima, de 20 años, simpático, risueño, bromista… Apenas esboza que es de Gambia, que se metió previo pago en una patera él solo, sin amigos, sin ningún otro compatriota, pero con otro centenar de personas más, que ahí pasó miedo por la manera en que las olas movían la embarcación, que llegó a Tenerife, que ahí celebró estar en España, que le encanta esa isla porque le vio parecido con África y sobre todo porque al mismo tiempo fue ahí que por primera vez pisó Europa y tomó sus primeras clases de castellano.
De Canarias lo trajeron a la península en un vuelo fletado por el Gobierno. «Fue mi primer avión, qué guay», ríe, con sarcasmo, con ironía, como diciendo que hubiera preferido que ese viaje hubiera sido en otras circunstancias, como para el común de los chavales de su edad que se va de vacaciones con su familia o con sus amigos un fin de curso. Ahora ha encontrado refugio en Casa San Juan, una vivienda de acogida para cerca de una decena de muchachos migrantes en trámites para regularizar su situación en España que se verían en la calle sin esta iniciativa de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, los padres Dehonianos, presentes en Málaga también a través de ESIC-EIG y en la que colaboran entusiastas estudiantes de esa escuela de negocios como Camila Meléndez, Aitana Xavier y Pablo Cano.
Ebrima se ha sacado varios diplomas: de electricidad, para ser mozo de almacén, para atender clientes, y se ha hecho voluntario de la Cruz Roja, como ya lo era en su país. Le proponemos que deje aquí una carta para encontrar un empleo y muy resuelto, dice: «Yo quizás nunca haya hecho ese trabajo, pero soy una persona muy activa y positiva y me gustaría trabajar en equipo». Su risa, su entusiasmo, su ser con toda certeza el alma de cualquier fiesta que organicen en la casa seguramente esconden una dura historia que no cuenta, pero que sugiere cuando dice que en ese refugio algunos tienen «problemas en la cabeza»: «Se piensa mucho, se llora mucho; algunos no se pueden dormir por la noche porque han tenido malas experiencias dentro del barco, en su casa o en su país».
«Te voy a dar una frase para el cierre del reportaje: 'No hables de los emigrantes, habla con ellos'». La sugerencia de Carmelo de las Heras, del padre Carmelo, párroco de la Iglesia de San Antonio de Padua, y encargado «a nivel humano» de los habitantes de la Casa de San Juan en la que también colabora la Fundación La Merced Migraciones, vuela a los primeros párrafos de este texto: con ella quiere invitar a toda la gente a conversar con sus vecinos más recientes, a interesarse por ellos, a conocerlos, para saber de sus vidas, algunas muy duras. Así que ellos, los habitantes de esta linda casa al lado de la parroquia y que ellos mismos mantienen impoluta, como un sol, hasta coqueta –de las de verdad, no de las que usan este calificativo para anunciarse en los portales inmobiliarios–, son los protagonistas. Ellos son quienes principalmente vuelven a hablar de nuevo a partir de aquí.
Mouhamed es de Senegal, tiene 26 años y lleva tres en España. Ahora actúa como coordinador entre Casa San Juan y su 'hermana', Casa Betania, situada en la plaza de las Flores, ya que según en la fase administrativa en la que se encuentren los chicos se ubican en uno u otro inmueble. Le preguntamos si la gente de Málaga es conocedora de historias como la que esboza Ebrima o de las que más adelante desvelarán el resto de habitantes de la casa: «No, no es consciente. Tenemos que hablar con la gente. Tenemos que compartir nuestras historias para que las personas cambien sus miradas. Dejar nuestra tierra no es fácil. Dejamos a nuestra familia y venimos aquí sólo a buscar una vida mejor, no a robar ni a quitaros el trabajo», afirma con vehemencia. Y de nuevo en su relato aparece la clave del ocultamiento: «Antes de llegar a España, pasé por Mauritania, y ahí estuve en la cárcel; no se lo conté a mis padres para no preocuparles».
«Aquí ahora estoy aguantando, pero todos los migrantes que llegamos a España, a Europa, tenemos una frustración», confiesa Mouhamed. La vida es difícil para ellos. La propia legislación les conduce a la irregularidad antes de obtener la residencia legal y el permiso de trabajo, así que muchos se ven abocados a atravesar situaciones de calle y abusos laborales. Eso confiesa El-Yamani, marroquí del Rif de 25 años: trabajó en los plásticos en Almería jornadas de diez horas a razón de treinta euros («por ser inmigrante», sospecha), así que se vino a Málaga buscando algo mejor. Irrumpe Ebrami diciendo «¿30 euros? Eso es mucho. Yo me levantaba a las seis, empezaba a trabajar a las ocho y terminaba a las nueve de la noche y me pagaban 25 euros diarios».
Sigamos con El-Yamani: una vez en Málaga, acudió a Puerta Única, le derivaron al albergue, opción que rechazó («vi mucha gente muy loca, yo quería estudiar y preferí la calle»). Vivió debajo de un puente cercano al puerto. «La vida en la calle es muy difícil. La mirada de la gente es muy rara. Cómo somos los humanos. Para ducharme tenía que caminar dos horas y sólo podía hacerlo dos veces a la semana, así que a veces me iba a las duchas del puerto. Fue una experiencia muy fea, muy mala. Menos mal que ahora estoy aquí con personas maravillosas; ya no me siento solo», explica.
Estos muchachos en algunos casos han recibido la denegación a su solicitud de asilo, así que tienen que entrar en el procedimiento normal para regularizar su situación, que exige empadronamiento y dos años de arraigo probado en España –sin contar el tiempo en el que han estado como aspirantes al estatus de refugiado–. El ejemplo palmario de eso es Lalo, de Gambia: mientras era solicitante de asilo, que da derecho a trabajar, tuvo un empleo, incluso pudo vivir de forma independiente y pagarse un alquiler. Cuando le denegaron el estatus de refugiado, tuvo que dejar el trabajo y de vuelta al albergue a contar de cero el periodo de los dos años que se exigen de residencia ininterrumpida en el país para recuperar su derecho a vivir y trabajar en España.
Pero durante todo ese periodo los chicos no pierden el tiempo. Y un gran paradigma lo constituye Mamadou, que procede de Senegal, tiene 29 años y trabaja de mecánico después de haberse formado como tal y de haberse sacado la ESO. Pero a sus espaldas, como tantos, también tiene una travesía en barco desde África hasta Canarias: «Fue muy complicado porque éramos 120 y no había mucha comida ni agua». ¿Por qué sabiendo que era muy peligroso, se subió a la embarcación? «Vives con tu familia, estás con personas mayores, ves que no se sale de la pena… pues tienes que tomar tu decisión. Aunque es muy difícil, hay una frase que dice que si no arriesgas nada, no ganas nada. Entonces por eso nos venimos aquí: para buscar un futuro mejor».
Insisten en eso, en lo duro del viaje. Por ejemplo, Abdul, de 17 años, de Gambia, que recaló primero en Italia, luego pasó a Francia y finalmente se ha instalado en España. O Lalo, que estuvo siete días en el mar en una patera. Pero también inciden en que sólo vienen aquí a buscar la vida, un futuro mejor: «Quiero hacer un curso de fontanero y ser fontanero», dice Lalo. Yanko también es de Gambia y tiene 17 años. Aún no domina el español y le traduce otro compañero. Detectan que a veces la gente que pasa a su lado les mira con temor: «Un día le intenté preguntar algo a una persona y no me contestó. Noté que tenía miedo. Creía que iba a robarla. Y me fui». Pero a quienes sin conocerles les temen, comenta que les diría que sí, que es negro, pero que no por ello va a hacer algo malo o es una mala persona. Sin ningún rencor ni resentimiento.
Esa frustración de los migrantes que llegan a España y que ven que las cosas no son fáciles no la tiene Mamadou: «Yo tenía un tío que antes estaba aquí en España y ya me decía cómo son las cosas. Pero mucha gente, casi el cien por cien de quienes emigran, piensan que aquí es fácil conseguir trabajo y dinero, y no es así». Aunque los muchachos tampoco se quieren volver a sus países: Mouhamed, no el coordinador de las casas, sino un tocayo suyo y compatriota senegalés pero un pelín más joven, está haciendo todo lo posible por conseguir la residencia española y por formarse con un curso de soldador. Ebrima, como siempre, rompe las conversaciones que se ponen demasiado tristes o demasiado serias. «Sí se quiere volver, porque en Senegal tiene arroz con pollo y lo echa de menos. Es la cultura de Senegal: arroz con pollo por la mañana, por la tarde y por la noche», ríe. Estallan las carcajadas con una broma que parece recurrente. Pero el propio Ebrima después dirá que una de sus aficiones es la cocina, que él prepara ese arroz con pollo que tanto le gusta a su amigo. Y que hasta a veces convierte los fogones en un medio de vida: llegó a trabajar cocinando el rancho para un campamento de chavales. Sus especialidades son la ensaladilla rusa y la paella. Le chifla la gastronomía española. Y ahí es donde interviene también el otro Mouhamed del grupo, el responsable de la casa: fue pizzero en Mamma Mía, y presume de que su jefe le decía que quizás él no era el empleado que mejor hacía las pizzas, pero sí el que tenía mejor actitud.
Buena actitud hay que tener para lograr una buena convivencia en la casa: hacen turnos de limpieza y de todas las labores del hogar que tienen apuntados en un calendario pegado en el corcho al lado de las fotos de todos los muchachos que han pasado por la casa en el último año. A veces se acercan ahí para recordar el nombre, la cara y la historia de antiguos compañeros. Por lo demás, tienen una vida bastante tranquila. Quizás para compensar el trajín vital que acumulan para ser tan jóvenes. Son simpáticos y educados. Hay alguno muy reservado. «Son muy buenos chicos», nos habían advertido ya. Y muy agradecidos con el padre Carmelo y los estudiantes de ESIC que tanta ilusión ponen en su amistad con los muchachos para organizarles actividades para que se entretengan y proveerles de los recursos básicos para el día a día, como también hacen Bancosol o el Economato Corinto.
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