Gamel Woolsey, la poeta que tenía siempre un pie en el pasado
11 Julio 2025
Málaga
Personalidades
Casada con Gerald Brenan, con quien pasó los últimos años de su vida en Churriana, había disfrutado de una vida bohemia en el Greenwich Village neoyorquino y convivió en Londres con los escritores y artistas del círculo de Bloomsbury.
Gamel Woolsey, en una imagen de los años 30.
"Era maravilloso no tener que hacer absolutamente nada, sólo tomar el sol todo el día como los lagartos a la sombra de los altos y encalados muros del jardín". A sus 41 años, después de una vida marcada por la tuberculosis y varias relaciones tormentosas, Gamel Woolsey (1895-1968) parecía haber encontrado la tranquilidad que tanto anhelaba en su casa de Churriana, a las afueras de Málaga. Sería esa, sin embargo, la tranquilidad que precedió a la tormenta. A la mañana siguiente, estalló en España la Guerra y ella y su marido, el hispanista británico Gerald Brenan, tuvieron que abandonar el país, un exilio en el que aprovechó para escribir uno de los libros que, junto con Monte de Sancha, de Mercedes Formica, mejor reflejan los primeros días de la guerra en Málaga: El otro reino de la muerte (Editorial Ágora), título extraído de un verso de su escritor favorito, T. S. Elliot.
Woolsey había nacido en Aiken, Carolina del Sur, en el seno de una familia algodonera y acomodada donde, a juzgar por sus poemas, vivió los años más felices de su vida: "De los veranos tardíos caen hojas/ calmas en el recuerdo, los cielos oscurecen/ para siempre permanecerán impávidos". Abandonó, sin embargo, la casa familiar en 1921 para instalarse en el Greenwich Village neoyorquino y llevar una vida bohemia, asistiendo a fiestas y publicando en revistas literarias. Tuvo tiempo también de casarse con el periodista de moda entonces, Rex Hunter, al que convirtió en protagonista de su novela One Way of Love.
A Hunter lo abandonó por Llewelyn Powys, poeta y novelista británico, enfermo como ella de tuberculosis, con quien vivió una atormentada e impetuosa relación, en la que participó también la mujer de él, la editora y feminista radical Alyse Gregory, y de la que nacieron dos copiosos epistolarios. Con él se trasladó a Londres y entró en contacto con el círculo de Bloomsbury, gracias a lo cual conoció, en 1930, a Gerald Brenan, del que ya nunca se separaría. La escritora y traductora Frances Partridge, amiga de Woolsey y de Brenan, cuenta que, a pesar de que Hunter no le había concedido el divorcio, ella adoptó el apellido de Gerald y "en una visita a Roma en 1932 celebraron una ceremonia religiosa inventada por ellos mismos, donde cambiaron votos y anillos en la iglesia de Santa María de Aracoeli". El inicio de su relación estuvo marcada por el amor que ella profesó a Powys hasta su muerte en 1939, y el desgarro sentimental que Brenan sentía desde que Dora Carrington lo había rechazado.
EN BUSCA DEL SUR
En un principio se trasladaron a Yegen, un pueblo de la Alpujarra granadina en el que Brenan se había instalado después de la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que había sido condecorado con la croix de guerre. Ella, que debido a su enfermedad no había podido tener hijos con sus anteriores parejas, adoptó como propia a Miranda Helen, una niña fruto de la relación que el autor de Al sur de Granada había tenido con una chica de 15 años que le ayudaba en su casa alpujarreña. Al poco tiempo, se compraron la casa de Churriana, donde volvieron tras la Guerra . "Fueron los años felices de la Costa del Sol", explica el profesor Carlos Gerald Pranger en la Introducción a la Poesía Completa de la escritora, "y la casa de Woolsey y Brenan se transformó en un faro, en una guía para escritores, excéntricos y viajeros de toda índole".
Tras haber abandonado la escritura durante un tiempo, en esos años la retoma con fuerza y escribe una de sus mejores creaciones, En busca de Deméter, "un largo poema tutelado por la presencia fantasmagórica de la madre muerta, el remordimiento y la culpa", en palabras de Pranger, que añade: "Todos sus poemas están enraizados en lo efímero y la pérdida, atravesados por la nostalgia e insatisfacción del alma de blues, siempre con un pie en el pasado". La fecundidad literaria de esos años acabó bruscamente cuando su admirado T. S. Elliot, director de la sección de poesía de la editorial Faber & Faber le envía una carta "dura y fría de rechazo" a sus versos. Se abandonó entonces "a la bebida, como hiciera su madre, lamentándose además por una carrera literaria desperdiciada, donde no queda nada, sólo el terror del final, un hecho ineludible".
Los últimos años de su vida no fueron los mejores. Brenan no dejó nunca de perseguir los paraísos perdidos y continuó su fascinación por la belleza y la juventud femenina. Y ella acabó muriendo en 1968 con unos dolores terribles fruto de un cáncer que recibió un fatal tratamiento y que no pudieron ser paliados con morfina por los reparos del médico que la atendió, de fuertes convicciones católicas. Está enterrada junto a Brenan (fallecido en 1987) en el cementerio inglés de Málaga. Poco antes de morir, escribió un poema a modo de epitafio: "Cuando esté muerta y al fin descanse (...)/ y planee con las aves, flote con los peces/ ascienda como humo y brille como llama./ Para ser libre perdida en la nada,/ que no me confine la tumba, ni cele la muerte".
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