Socializar nos salva, en tiempos de apagón… y en cualquier crisis
1 Mayo 2025
CdelSol Noticias
En momentos de crisis, ya sean
prolongados o puntuales, como ocurrió con el reciente apagón masivo que vivimos
en España, relacionarnos con otros –incluso con desconocidos– es clave para
nuestra resiliencia psicológica. Este impulso a socializar está profundamente
arraigado en nuestra biología y evolución.
Los seres humanos dependemos
de la cooperación para sobrevivir. Matthew Lieberman, director del Laboratorio
de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de California en Los Ángeles,
describe el cerebro humano como fundamentalmente social, equiparando nuestra
necesidad de conexión a la de alimento o agua. Cuando interactuamos
positivamente, nuestro cerebro libera oxitocina, dopamina y endorfinas,
neurotransmisores que reducen el estrés y fortalecen la salud física y mental.
En la misma línea, el sistema
de respuesta al estrés, regulado por el eje hipotalámico-pituitario-adrenal
(HPA), muestra una notable sensibilidad a la presencia de otros. Estudios de
neuroimagen revelan que las áreas cerebrales asociadas al miedo y la incertidumbre
se calman cuando estamos acompañados.
La paradoja del aislamiento
Pese a esta programación
biológica, las crisis contemporáneas inducen a menudo al retraimiento. Una
investigación en siete países mostró que más de un tercio de los jóvenes
presenta síntomas de ansiedad social, alcanzando el 58 % en Estados Unidos. La
pandemia de covid-19 agravó este fenómeno: la OMS reportó un aumento del 25 %
en los casos de ansiedad y depresión globales.
Paradójicamente, en los
momentos donde más necesitamos conexión es cuando más tendemos a aislarnos, lo
que empeora los efectos negativos de la crisis.
Socialización contra la
incertidumbre
La “intolerancia a la
incertidumbre” –la dificultad para sobrellevar la falta de control– aumenta la
vulnerabilidad a trastornos de ansiedad. En el polo opuesto, socializar ofrece
un potente amortiguador: compartir experiencias normaliza las emociones, diversifica
las perspectivas, y facilita el acceso a información tranquilizadora.
Por ejemplo, después del
tsunami de Japón en 2011, los supervivientes con mayor apoyo social mostraron
tasas significativamente menores de trastornos psicológicos, incluso teniendo
en cuenta el mismo el nivel de exposición al trauma.
Relacionarnos con otros, incluso, con desconocidos, es clave para nuestra resiliencia psicológica. Tayfun Yaman/Shutterstock
El poder de las conversaciones
casuales
Las relaciones profundas no
son las únicas que nos protegen. Los “vínculos débiles” –interacciones breves
con desconocidos– también tienen efectos positivos. Un estudio demostró que
conversar con extraños en el transporte público mejora el estado de ánimo, a
pesar de las expectativas negativas iniciales.
Estas pequeñas conexiones
activan circuitos cerebrales de recompensa y contrarrestan directamente los
efectos del estrés crónico.
Hiperconexión. Pixabay
Tecnología: ¿puente o barrera?
Durante la pandemia, las
videollamadas y mensajes permitieron mantener vínculos, ofreciendo beneficios
similares a las interacciones presenciales. Sin embargo, el aumento del uso de
redes sociales también se ha relacionado con mayores niveles de ansiedad
social, especialmente entre los jóvenes.
El problema surge cuando la
comunicación digital sustituye, en lugar de complementar, las interacciones
presenciales. Tras el confinamiento, muchos han experimentado “ansiedad de
reentrada social”, mostrando las limitaciones de los vínculos exclusivamente
virtuales.
Estrategias prácticas
Para fortalecer nuestra
resiliencia social en tiempos turbulentos, podemos incluir en nuestra vida una
serie de estrategias que no solo mejoran el bienestar emocional, sino que
también fortalecen la salud física a través de mecanismos inmunológicos y antiinflamatorios.
Las claves son priorizar
interacciones presenciales seguras, establecer rutinas sociales regulares –como
reunirnos con familia o amigos con cierta periodicidad–. También es importante
valorar los vínculos débiles, esos instantes en que hablamos con nuestro
compañero de asiento en el tren o con el cajero del supermercado. Asimismo, es
recomendable participar en actividades comunitarias, compartir progresivamente
experiencias personales y limitar el consumo excesivo de noticias negativas.
Por otra parte, la gestión de
crisis debe integrar políticas públicas que fortalezcan la cohesión social. Las
campañas de comunicación deberían fomentar valores colectivos y el apoyo mutuo.
Mientas, las políticas de distanciamiento –como las que tuvieron lugar durante
la pandemia– deberían contemplar alternativas seguras de conexión social.
En educación, promover
competencias sociales y emocionales es esencial para preparar sociedades más
resilientes ante futuras crisis.
Charla casual. Pixabay
En definitiva, cuando la
incertidumbre nos invita al aislamiento, la respuesta adecuada es profundizar
nuestras conexiones humanas. Desde charlas casuales hasta fuertes lazos
comunitarios, cada interacción protege nuestra salud mental y física. En un mundo
de cambios constantes, invertir en relaciones sociales no es un lujo: es una
necesidad evolutiva y una medicina esencial.
Cláusula de Divulgación
Juan Moisés de la Serna no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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