Jiménez: el interventor del banco que sufrió el mayor atraco de Marbella


4 Mayo 2026

Marbella

CdelSol Noticias

Cuando llegué a Marbella, llevaba cuatro años en el Banco de Andalucía y había pasado por cinco destinos. Aquí estaba la crème de la crème de la sociedad internacional. Para alguien de un pueblo de la provincia de Cádiz, fue una época obnubilante. Las fiestas que se daban tenían un contexto menos interesado que las de hoy en día. La gente era más honesta, sincera, limpia. A los seis meses, mi mujer me dijo: "De Marbella no nos movemos". Lo recuerda Curro Jiménez, abogado y exinterventor de banco.

Si el banco se quedaba sin dinero, llamaba a las oficinas de otros bancos de Marbella. Llevaba la carta de abono de mi banco y me traía tres millones de pesetas en una bolsa de El Corte Inglés. No había furgón de seguridad. El dinero lo transportaba un taxista. Cobraba el cheque en el Banco de España e iba repartiendo el dinero desde Málaga a Estepona. Nunca pasó nada, jamás. Un día se hizo una transacción de 120 millones de pesetas que teníamos que pagar en efectivo. El taxista trajo el dinero. El cliente cobró en nuestro banco y abrimos la caja de alquiler para que metiera allí el dinero.

El robo del banco fue el tema más triste que he vivido. Se produjo en las Navidades de 1982, cuando rompieron las cajas de alquiler. Por entonces las alarmas de los bancos saltaban con mucha frecuencia; la gente no les hacía caso. Yo vivía enfrente del banco; cuando eso ocurría, iba, la quitaba y la volvía a poner. Pero en esta Navidad la alarma saltó a las doce de la noche, cuando todo el mundo estaba cenando. La gente que la oyó no le prestó atención. Los ladrones destrozaron la central de alarma para trabajar con calma.

Junto a Marisa Molina, Elena Serrano y Robin Rowles. / Archivo personal

El primer día hábil después del puente, cuando llegamos los dos apoderados, vimos que la caja fuerte no la habían tocado. Inmediatamente pensé en las cajas de alquiler. Nos encontramos con una cortina negra de plástico que cubría del techo al suelo; la levantamos y en dos escaloncitos estaban las herramientas que utilizaron para hacer el boquete: manómetros, bombonas de gas y linternas. La cortina evitaba que desde fuera se vieran los fogonazos que provocaban. En la primera planta del edificio estaban el despacho de dirección y una recepción. El resto era un local diáfano, que no pertenecía al banco, al que se entraba por la primera puerta del edificio y que tenía una puerta de chapón. Parecía un acceso fácil; hicieron un agujero pequeñito en la pared, metieron una camarita, vieron lo que había y que por ahí se podía ingresar.

Me entró un dolor en el pecho. El doctor Cristóbal Medina Galán, que vivía frente al banco, me dijo: “No te preocupes, que esto, como ha entrado, sale; en seis meses no tienes nada”. Por los suelos había joyeros de cartón, mucha documentación, papeles a manta. Los documentos, cartas, talonarios o cheques rellenados y firmados no les interesaron; tampoco se llevaron las tarjetas de crédito. Encontramos fotografías de una señora desnuda, a la que le estaban haciendo chantaje, o documentos completos de la logia masónica P2; a los dos días alguien vino por estos. Pusimos en orden toda la documentación.

Los policías tomaban notas; por las tardes se reunían con nosotros y nos entrevistaban. Una tarde, el director de la investigación, que tenía un equipo extraordinario, nos preguntó a cada uno quién podría ser el autor, para llegar a algún cliente que tuviera mucha relación con nosotros. Un directivo recordó entonces a Silvana Zito, la hija del pintor de caballos Rodolfo Zito, quien poco antes había realizado una exposición en el hotel Puente Romano. La mujer vino al banco a contratar una caja de alquiler, y como ella tenía una tienda de joyas, le preocupaba que estuvieran seguras. El directivo que la atendió le dijo que teníamos un sistema de seguridad extraordinario y de la reunión ella sacó la información que necesitaba.

Cajas de alquiler tras el robo del Banco de Andalucía.

La investigación constató que la bombona de gas tenía un manómetro que solo se vendía en Granada y la enorme cortina negra opaca solo se encontraba en El Corte Inglés. Confirmaron que sendas compras las hicieron unos muchachos jóvenes y guapos, con acento italiano. Los hermanos de Silvana pertenecían a un grupo de la ultraderecha italiana, que había participado en un sonado atentado, junto a un belga y un francés. Cuando la policía los tenía localizados, estos cruzaron la frontera y escaparon. La policía española viajó a Roma, donde Silvana tenía su boutique, en la Vía del Corso, [una calle importante del casco histórico]. Consiguieron saber el día en que la banda iba a reunirse para repartirse el botín. Cuando estaban todos, entraron la policía española y la italiana.

Los trincaron con las manos en la masa. Faltaban muchas cosas que había en las cajas de alquiler: drogas, dinero o diamantes. Habían desmontado los diamantes de todas las joyas. Se los había llevado el novio de Silvana, el jefe de la banda. Se intervino todo lo encontrado. La policía española tuvo la prudencia de fotografiar y filmar lo que cogieron y luego enseñarnos. Un año y medio más tarde vinieron las joyas de Italia al juzgado de Marbella. No había ni la mitad de las joyas que habían quedado en depósito de la policía italiana.

Me dio mucha pena un cliente, un personaje muy importante de Marruecos, relacionado con ese Gobierno, y muy amigo mío. Llevó a la policía un listado de cinco folios, enumerando los diamantes que guardaba en el banco, su procedencia, los quilates y su identificación.

–¿En cuánto los valora?, le preguntaron.

–Esto no tiene valor.

–A efectos estadísticos, insistió el policía.

–No tiene valor, siquiera a mero efecto estadístico.

Su mujer tenía un anillo con un diamante ovalado. La joyería Gómez y Molina le recomendó que no enseñara el diamante por la calle, que lo ocultara entre los dedos, al recordarle: “Solo con este diamante usted puede comprar la mejor casa de Nueva Andalucía”. De todo el listado no apareció ninguno.

Con campañeros del despacho de abogados de Antonio de Fortuny. / Archivo personal

Jaime de Mora tenía una colección de 16 relojes; uno era un diamante, del tamaño de un reloj, partido por la mitad y ahí incrustada la maquinaria, que le regaló el rey de Arabia Saudí. No he visto una cosa igual en mi vida. Cuando Jaime necesitaba dinero, le vendía un reloj a don Eduardo, el abogado del banco, que los guardaba en su caja de alquiler. Cuando robaron, se llevaron los relojes de los dos. Jaime también perdió un pequeño cuadro de Miguel Ángel. Entre los clientes estaban Alfonso de Hohenlohe, el conde de Perlac, el actor francés Gérard Barray y su mujer, la bailaora Teresa Lorca. El banco hizo la devolución de lo recuperado; se entregó todo. Con el tiempo oí que en las cajas había hasta pistolas. La gente venía con una bolsa; yo no sabía lo que traían. Lo dejaban y yo cerraba. A los italianos los condenaron en Italia a un año de cárcel, que no cumplieron. Les salió gratis.

Como interventor, solía abrir el banco a las ocho de la mañana. Un día me estaba esperando el alcalde Alfonso Cañas. Fue el hecho más sorprendente.

–Pasa y me siento contigo, me dijo.

Se sentó y puso encima de la mesa un paquete cuadrado, envuelto en papel de periódicos.

–Ayer vino a verme alguien muy importante de España; quería que el plan general tratara con mucho cariño un proyecto urbanístico en Sierra Blanca. Cuando se marchaban, se dejaban este paquete; les advertí y me dijeron que era para mí, que se trataba de una radio. Aquí lo traigo para que veamos esa radio. Ábrelo, yo no lo he hecho.

En un acto de jura de letrados en Marbella. / Archivo personal

Lo abrimos; en lugar de una radio, había diez millones de pesetas.

–Alfonso, ¿qué hacemos con el dinero?.

–¿Tú qué crees?

–Vamos a mandárselo a uno de la comitiva que te visitó y que lo tenemos cerca. Hice un cheque bancario de diez millones de pesetas, a nombre de Alfonso de Hohenlohe, quien había presentado al alcalde a los dos altos personajes que le visitaron. A los dos o tres días, el destinatario ingresó el cheque en su cuenta y lo cobró. Creo que el dinero lo aportó alguno de los que venía con él. No sé lo que hizo con el dinero; igual lo devolvió a quienes lo pusieron.

Alfonso Cañas murió, no en la miseria, pero casi. Recuerdo que me decía: “A ver si conoces a alguien en algún periódico, donde pueda escribir algún artículo para compensar mi escasa pensión”. Había gente honesta. Ejemplos de honestidad hemos tenido muchos, como el alcalde José Luis Rodríguez. De quien decían que era el mejor alcalde de Estepona, porque no permitía construir edificios de determinada altura [y que la inversión huía al municipio vecino]. Al final se fue con lo puesto.

El sueño de mi vida era trabajar en un banco y ser abogado. Era perito mercantil y, como tal, aprobé unas oposiciones en el banco. En Algeciras me apunté en la universidad a distancia (UNED); el banco me mandó a Marbella, pero aquí no había. Cuando se estableció aquí la UNED, estudié Derecho, hice los cursos en cinco años, sin ningún problema. Soy abogado por utopía.

Un día recibí una llamada telefónica:

–Soy Juan Antonio Roca Nicolás, estoy estudiando Derecho, y me han dicho que tú eres el que tiene más apuntes y exámenes. ¿No te importaría que te vaya diciendo las asignaturas a las que me voy presentando y tú me dejas la información que tienes?.

Él entonces trabajaba en una urbanización. Durante tres años, sin conocerlo, le dejaba los apuntes al portero de Marbella House, donde vivía Roca. Cuando aprobaba, que aprobaba todo, me llamaba por teléfono, me contaba cómo había sido. Le di hasta mi trabajo de Derecho Laboral. Estuvimos ese tiempo sin vernos nunca. Cuando él ya llevaba un año en el Ayuntamiento, le llamé por teléfono y le dije:

–Voy a pasar por delante de la oficina de Urbanismo; me gustaría decirte hola, conocerte, conocerte, ¡coño!

–Tú llegas aquí y le dices a la recepcionista que tú no esperas.

Allí había gente muy importante, sentada, esperando. Salió y dio un espectáculo. Le dijo a la recepcionista: “Este hombre, cuando viene aquí, no espera y aquí tiene el frigorífico”.

Un mes antes de que lo detuvieran, estuve en su despacho, vi unas figuras impresionantes de ciervos en bronce, que le habían regalado. Tenía allí los once teléfonos móviles que usaba. Jesús Gil le llamó a uno de ellos.

Comida con compañeros del Banco de Andalucía. / Archivo personal

–Mira Juan Antonio, te van a detener pronto, lo sabes. Tienes dinero para pagar al mejor abogado del mundo. Pero si quieres un abogado que te dé cariño, me vas a tener que llamar a mí. Pasó lo que pasó y hace dos semanas lo vi en el paseo marítimo. Me dio un abrazo enorme y su mujer decía: "No sabía que tuvieras tanta relación con este hombre". Desde esa visita no lo había vuelto a ver.

Durante 17 años he dado clases en el máster de Abogacía y a mis niños les decía dos cosas: hay que cobrar y cobrar mucho. El mejor abogado no es el que te saca de la cárcel, sino el que cobra más. El abogado de la hija del rey Juan Carlos perdió, pero les costó una pasta. Pasó igual con Iñaki Urdangarin o Mario Conde; no ganaron sus juicios, pero les costó una pasta.

Has sido muy inteligente, le dije a Roca. Porque pidió un abogado de oficio, que sirve igual que al que más pagas. Él pudo dirigir al abogado de oficio, porque no acabó la carrera, pero la tiene prácticamente terminada. Que lo condenaran, lo tenía previsto. Lo que no previó es que estuviera tanto tiempo [doce años] en prisión. Me dijo que ha cumplido pena en nueve u once prisiones.