El médico escritor de Marbella


27 Abril 2026

Marbella

Entrevistas

No había horario. La gente se tomaba la libertad de pasarse cuando quería. Había una norma no escrita, a las diez y cuarto yo estaba en el consultorio. De Monda me enganchó la independencia y la libertad. Nunca hice guardias. En el consultorio estábamos el enfermero y yo. Cuando eran las doce iban llegando los pacientes. Un día porque había novela, otro por el mercadillo. Tenía libertad, a cambio les daba calidad en la relación médico paciente. Soy muy llano, pero en la cuestión médica soy muy ortodoxo. Yo quería hacer medicina de primer nivel, como la del hospital Carlos Haya, dice Juan Macías, médico jubilado, escritor, amante del flamenco, los toros y el teatro.

Junto a La Macanita / ARCHIVO PERSONAL

Lo que más me gustaba eran las visitas a domicilio. Esa independencia y libertad. La consulta era mucha burocracia, me horrorizaba, y la presión de saber cuando empezaba pero no cuando terminaba. Las visitas médicas me solicitaban, sino iba yo. Me encantaba ir por las calles, pasear y encontrarme con uno u otro, llegar a la casa de los viejecitos o impedidos, sentarme en la cama con ellos y charlar. Iban a verme por todo y por consejos de todo tipo, algunos todavía me llaman. Podía ver de cincuenta a noventa pacientes al día, algunos repetían visita al día siguiente y al otro. Cogí bastante habilidad para llevar aquello, a la una me tomaba una copita y por la tarde volvía a Marbella. Monda es un pueblo muy particular, con gente muy espabilada, con el que mantengo una historia de amor, cuando voy me doy un baño de abrazos y besos. Todavía recuerdo el nombre y los dos apellidos de cada uno, hasta el número de cartilla del ochenta por ciento de los 2.500 habitantes que he atendido.

Bailando. / ARCHIVO PERSONAL

En Canillas de Aceituno, el primer pueblo donde estuve como médico, viví el episodio más mediático. Era la festividad de la Virgen del Pilar, tenía 24 años y había ido a la discoteca, donde conocí a una chica del pueblo con la que bailé toda la noche. Después de acompañarla, ya de madrugada, a las tres o cuatro, me avisaron que tenía que atender a un herido grave. Me encontré en la consulta con un tío que tenía cortes en el brazo hasta el hueso. Había ido al pueblo a ver a su chica, no sé lo que le había ocurrido, solo que el médico que lo iba a curar era el que estuvo bailando con ella. Le hice una costura tremenda. El mismo director del Diario Costa del Sol, Agustín Lomeña, vino a entrevistarme y tituló a toda página: “El joven doctor le salva el brazo a un hombre”.

Con el ministro Inglés, lord Tristan Garel Jones. / ARCHIVO PERSONAL

En Marbella, donde tenía una consulta privada, era la tranquilidad. También venía gente modestita, que me encantaba, como los empleados del Ayuntamiento. Alguna vez me cayó Adnan Khashoggi o Henri Roussel, el farmacéutico que también fue dueño de la finca La Zagaleta. He visto a José María Íñigo, que vino con su niño, y el humorista argentino Joe Rigoli, este se ocupaba más del niño que su padre. En Clínica Marbella, que en aquel momento no tenía muy buena fama, trataba el aparato digestivo, con los doctores Sánchez Cantos y Cabello formábamos un buen equipo y lo llevábamos bien.

Con Manuel Alcántara. / ARCHIVO PERSONAL

A los toros he ido con mi padre desde los diez años. Entonces los toros eran más salvajes, hoy se puede morir de decepción. Los toros ahora son educados, como de colegio de pago, muy dóciles. Un artículo me llevó a una cena de gala del ABC, con aristócratas, gente del poder y escritores. Y pregunté, ¿por qué yo?. “El artículo que gustó al jurado es el tuyo, pero no cumplía el objetivo del premio: la defensa de la tauromaquia”, me dijeron. Soy contradictorio, me gustan mucho los toros, pero me tienen un poco hastiado, todo es muy mecánico. Comprendo el sufrimiento del toro, no me acostumbro. Entiendo que muchas personas no soporten eso, siempre que sea un sentimiento sincero. Me parece razonable que se sea antitaurino. No sé si el antitaurino siente el sufrimiento del toro o si es una postura ideológica. Criar un toro vale dinero, el espectáculo cuesta mucho, una corrida tiene demasiados gastos. El futuro del toreo es muy negro. En un instituto preguntas a los alumnos sobre los toros y les suena a chino.

No es igual el público de barrera que el de los palcos. Si fuera por estos los toreros no cortaban nunca una oreja, no vocean. Todo viene de los tendidos de sol, lo comparo con los diálogos de la película Rebeca. La primera es la aristocrática pérfida, luego conoce a la pobrecita joven que le da amor. La zona más baja es más cálida que la alta.

Con Ortega Cano, Álvaro Domecq, Ángel y Rafael Peralta. / ARCHIVO PERSONAL

El flamenco en la radio y en los vinilos de Cadillac estaban a diario, con doce o trece años me horrorizaba escuchar a Juanito Valderrama. Hasta que un día, en la barra de un bar con mi padre, oí un cante, una voz con arrebato. Eso me gusta, me dije. Podía ser Antonio Mairena cantando por bulerías y entonces entré, poco a poco. En Granada me encontré con un ambiente estudiantil de flamenco. En el aula magna llevaron a El Borrico de Jerez, era la resurrección del flamenco de los gitanos, que hasta entonces estaba en las catacumbas, ese flamenco me enganchó a fondo. Cuando acabé la carrera, mi hermano me preguntó, qué regalo quería. Conocer a Antonio Mairena en el festival de su pueblo (Mairena de Alcor, Sevilla). Lo conocí, comencé a escribir artículos de flamenco con Gonzalo Rojo. Entablé amistad con la familia Mairena, lo mas genuino. Conocí a Chano Lobato, me metí de lleno en el flamenco, incluso en fiestas. Tuve un programa de radio en Málaga, Cuarto de los cabales, iba tres noches a la semana, después de acabar de trabajar hasta las nueve o diez. Lo hice durante un año, no pude más.

El cante gitano es uno y el flamenco es otra cosa. El flamenco lo cantan los payos, también lo pueden hacer los gitanos, son cantes más bonitos, más melodiosos, musicales, como las malagueñas, el fandango o el taranto. El cante gitano, como la toná, el martinete, la Seguiriya, la soleá, el tango, las bulerías con su compás, lo pueden cantar los payos perfectamente, pero siempre faltará algo. Lo que ha alimentado al flamenco ha sido la miseria, el analfabetismo, la marginación, ese es el caldo de cultivo del flamenco que merece la pena, que me dice algo. El cante roto, no el cante bonito. El cante refleja una protesta velada, porque en los años que se forjaron no podían protestar mucho. Los gitanos de antes lo vivían. Afortunadamente esa situación ha cambiado. Para el cante fue peor, me las veo para componer un cartel que sea de mi agrado. El gitano de hoy, afortunadamente, vive integrado.

La faceta atractiva que tiene el flamenco para un intelectual y cualquier persona con sensibilidad hay que darlo por perdido. La salida del cante flamenco es repetir aquello en tono fino, porque un cantaor de hoy es un empleado de banco, normal y corriente. Cómo pones en boca de estos cantaores letras como: Mala puñalada te den; En esta calle suenan tiros, o Que le corten la campanita y la lengua. No todas son así de trágicas, pero han salido de donde han salido, las pones en boca de un chico de ahora o pones otras; eso ya no es flamenco, es otra cosa.

Los alcaldes me pidieron organizar los festivales flamencos, el de Istán lleva 30 años y el de Monda una década. A los artistas los conocía de antes, los llamaba personalmente, me ahorraba el mediador. Así he podido traer a Antonio Mairena, Terremoto padre, Agujeta, Juan Talega, El Borrico, Manolito de María o el Chino. Cancanilla de Marbella es amigo mío, muy bueno, ha vivido en Madrid, trabajando en tablaos relativamente bien, acompañando al baile como lo hizo Chano Lobato. Cancanilla se merece una calle, un busto, es un cantaor muy solvente, un gitano de aquí.

Recibiendo el galardón. / ARCHIVO PERSONAL

El padre de Manolo Sanlúcar, Isidro, fue como un abuelo mío, lo pasaba estupendamente con él. Un día me dijo: “me gusta estar contigo, en la salita, voy a coger la mejor guitarra que tengo y me vas a cantar cante de compás hasta que me harte”. Estuve una hora cantando, y él entusiasmado. Había tocado con La niña de los Peines, hizo alguna gira y lo dejó por su panadería. Le enseñó todo a su hijo.

Con 20 añitos mandaba artículos a los periódicos y de ahí no paré . Al principio sería un poco ampuloso, propio de un novato. Escribí en periódicos y en Fenebús, la revista de empresas de autobuses, lo hacía sobre viajes, me pagaban los hoteles, cada mes hacía un artículo. Gané el XXIV Premio Unicaja de Artículos Periodísticos José María Pemán, por Una lágrima por Miguel Mihura. Ahora voy a publicar Fresa blanca, una novela, algo autobiográfica, sobre el amor de diferentes clases, hasta que cree conseguir el verdadero. No me acabo de ver escribiendo novela, esta es la segunda.

“Todo el que va a una consulta médica es un afligido.(...) Sospecha que los pacientes sean los dos: el que quiere corregir sus dolencias y el que las escucha, para evitarlas o paliarlas”, escribió Manuel Alcántara en el prólogo de El ojo cínico, de Macías.

Es una sátira de la sociedad, a partir de lo que pasaba por allí. Recuerdo a una señora que iba al consultorio y me pedía la baja. Le preguntaba si estaba trabajando. “Estoy en el PER y es para que no me llamen”. Le daba la baja, la mujer venía a recogerla y me traía unos huevecitos de sus gallinas. “Para sus niños”, me decía. Hasta que encontró alguna solución para que no la llamaran y no trajo más huevos. Me llevaban lo más insospechado, como un chivo pelado y preparado o una chiva viva. Me regalaban también cosas de oro, de todo, y casi a diario.

Ahora llevo 2.300 artículos en Facebook, empecé poco antes del covid. No da mucho prestigio, eso me tiene sin cuidado, porque lo tengo. Es como los equipos de fútbol que juegan en un campo chico, con el público encima, que notan el jaleo de los espectadores. Tengo público, le contesto a todos, los “me gusta”, se repiten mucho. Luego están los que no le dan a me gusta y posiblemente sean los más interesantes. Un antiguo técnico del Don Pepe, me dice que tengo unos tres mil. No me preocupa, escribo para mí.

Los antiguos gitanos tenían un instinto muy aristocrático en el vestir. Recuerdo a Manolito, el gitano de Istán era esbelto, flaco, nariz aguileña y ojos atravesados. Incluso daba miedo. Lo mismo arreglaba sillas de enea que hacía de latero con el estaño, cuando había jarrillos de lata. Una vida miserable, viviendo del cuento o de donde pillara. En la feria de Istán montaba de a cuatro paquetitos de tabaco. Nos íbamos de feria, teníamos, no una caseta, sino un bajo donde nos reuníamos, cantábamos y bailábamos. Manolito tenía pasión. Le regalé un traje marrón y venía con él. Con ese traje se enterró. Siempre con la chaqueta, su faja, la elegancia. Antonio Mairena, tenía la chaqueta muy recargada, de pañuelo, de joyas. Se quedaba en casa quince días y era para verlo, con esas camisas de marca, a lo mejor rozando lo cursi. El gitano tiene una grandeza tremenda y mucho orgullo. Hay una copla gitana que decía: Llevo sangre de reyes en la palma de la mano. Aunque los reyes los trataron regular. Son Elegantes, en el baile. Esa mezcla aristocrática popular; la burguesía en cambio es lo práctico, lo prosaico. Marbella para mí es una ciudad prosaica, sin elemento lírico ninguno. Vive de las cuatro callecillas del pueblo y del brillo.