Málaga se sobrecoge en un Viernes Santo entre silencio y solemnidad


4 Abril 2026

Vélez Málaga

CdelSol Noticias

Hay una hora el Viernes Santo en la que todo se detiene sin que nadie lo ordene: las tres de la tarde. Málaga tiembla ahí, en ese filo exacto, y se parte en dos bajo un sol que cae a plomo por la Alameda, dorando las sillas de madera como si quisiera fijar el instante para siempre. Aún no se han abierto las puertas de ninguna iglesia y, sin embargo, ya está todo hecho. Es la hora en la que Cristo muere, la hora en la que la ciudad entera parece rendirse a los pies de la cruz, sin aspavientos, sin ruido, con una especie de pudor intangible que solo existe en el luto.

Después, poco a poco, el pulso vuelve. La arteria principal de la ciudad comienza a moverse de un lado a otro. No el de cada día, sino otro más lento. Las aceras se van llenando con una paciencia que no desespera, sino que es espera per se. La gente ocupa su sitio como si lo hubiera aprendido de memoria. Y entonces sí, empiezan a abrirse las puertas para dar paso a una jornada de tonos negros, rosarios y susurros.

Monte Calvario sale con esa manera suya de no romper nada. Más bien de traer consigo la tradición. Hay en su avance una sobriedad que obliga a mirar hacia dentro, como si cada paso fuera una pregunta sin respuesta. El sol todavía resiste, pero ya no es el mismo. Se vuelve más oblicuo, más consciente de lo que está iluminando. Málaga guarda silencio.

Con Descendimiento, la tarde se vuelve más frágil. La escena se despliega con una delicadeza que casi duele, como si cualquier gesto de más pudiera quebrarla. Hay un recogimiento que no se ensaya, que nace solo bajo el varal. Las miradas se sostienen en lo que ocurre y en lo que no se ve, en ese peso invisible que se carga en los hombros de los hombres de trono.

Luego llega Amor, y con él una cercanía distinta, una forma de estar que no contradice el dolor pero lo acompaña de otra manera. Con el corazón en la mano. Este año, además, hay un latido nuevo: estrena trono y en el aire se percibe esa mezcla de orgullo contenido y emoción reciente. También el corazón de María Magdalena parece latir distinto, como si la novedad no rompiera la tradición sino que la hiciera más viva. Los nazarenos avanzan largos, constantes, como una corriente que no se detiene. Entre la multitud, pequeños gestos, casi imperceptibles, le dan calor a la escena. Málaga inspira incienso y expira triste dulzura.

El Cristo del Amor, en su nuevo trono. / Ana Jiménez

La luz empieza a retirarse cuando Dolores de San Juan sale de San Juan. Todo se afina. Las sombras cobran presencia, las luces dibujan perfiles que parecen suspendidos en otro tiempo. Hay una belleza que no busca consolar, pero que de una u otra forma consuela. La ciudad se vuelve más lenta, como si quisiera entender cada detalle antes de dejarlo pasar en el trono ante sus ojos.

Por algún punto de la Trinidad, sin estridencias, aparece Soledad de San Pablo. Su nombre pesa, pero no aplasta. Porque la soledad aquí se comparte, se sostiene entre muchos, entre tantos como quepan en un varal. Hay una manera de acompañar que no necesita palabras, una forma de estar juntos en lo que falta. Y eso, en medio de tanta gente, se percibe con una claridad contradictoria en sí misma.

Con Piedad, el gesto cambia. Ya no se trata sólo de mirar, sino de acoger como María hace con Jesús en sus brazos. La escena se repite en cada esquina con una naturalidad que conmueve. Hay quien baja la cabeza, quien se queda inmóvil, quien no puede apartar la vista. Y en todos, de una forma u otra, esa certeza de que incluso el dolor tiene un lugar donde reposar.

Más avanzada la noche, Sepulcro yace en una ciudad que ya llora al son de un réquiem. Todo parece ajustarse a su paso. No hace falta pedir silencio: el silencio llega solo, como si la ciudad entendiera que hay momentos que no admiten otra cosa. Las luces parecen más quietas, el tiempo más espeso. Málaga se reconoce en esa gravedad entre la vida y la vida eterna.

Y cuando la noche ya es profunda, cuando el cansancio asoma en los bordes pero nadie se va del todo, Servitas cierra con lo esencial. Sin adornos, sin ruido, sin nada que distraiga, ni si quiera luces. El sonido de los pasos, la cera que cae, el murmullo mínimo en forma de oración constante al paso del dolor encarnado. Todo queda reducido a lo imprescindible, y quizá por eso mismo, a lo más verdadero.

Al final no hay una línea clara que separe el antes del después. La ciudad se viste de luto, algo ha quedado suspendido en el aire, algo que empezó a las tres de la tarde, cuando Málaga tembló bajo el sol de la Alameda y se dejó caer, entera, a los pies de la Cruz. Y eso no termina de irse. Permanece. Late. Se queda. Aunque ya nadie lo nombre, no al menos hasta el Domingo de Resurrección.