Paloma Fernández, la influencer que es una 'estrella' del Martes Santo de Málaga: el video con su padre se volvió viral
1 Abril 2026
Vélez Málaga
CdelSol Noticias
En un mundo que se consume a golpe de historias efímeras y pantallas luminosas, Paloma Fernández García ha aprendido a habitar dos universos que, lejos de contradecirse, se complementan. En uno, el de las redes, su voz se proyecta hacia miles de personas; en el otro, más íntimo y silencioso, late una herencia que no entiende de algoritmos, sino de memoria, familia y fe, que se dan cita cada Martes Santo a las puertas de la Cofradía de la Estrella en Málaga.
Allí donde termina el ruido empieza otra cosa. No siempre tiene nombre. A veces es una emoción que se hereda sin saber muy bien cuándo empezó. Paloma, que además de creadora de contenido y malagueña, es cofrade de corazón e intenta explicarlo con la delicadeza con la que se reza un rosario cuando llevas guantes de encaje negros: “No te lo puedo explicar con palabras. Siento una paz, siento una cosa, siento una divinidad, siento amor y devoción”. Y en ese no saber cómo, pero decirlo todo, hay más verdad que en cualquier discurso completo.
Paloma Fernández y su padre / Ana JiménezEsta historia no empieza en ella ni en su video viral en redes sociales del año pasado dándole una sorpresa a su padre vestida de mantilla ya el propio Martes Santo. Viene de antes. Precisamente de su padre, que empezó a salir como hombre de trono en 1983, cuando todavía no sabía que ese gesto repetido año tras año iba a convertirse en una forma de vida. Juan Fernández ha pasado cerca de cuarenta años bajo el trono de la Virgen de la Estrella. Cuarenta años de hombro derecho, de cadera castigada, de calles que se aprenden con el cuerpo. “Sentimiento, emoción y alegría”, dice ahora, como si bastara con eso para resumir una vida convertido en los pies de la Estrella.
Pero no basta. Nunca basta. Por eso añade lo único que, para él, sostiene todo lo demás: “La fe. Y te tiene que gustar. Si no te gusta, no”. No hay término medio. “Tú o la llevas o no la llevas”. La firmeza de sus declaraciones contrasta con el brillo de los ojos, que como dos ventas al pasado, se convierten en una procesión interna de recuerdos que pasan en menos de un segundo.
Desde fuera se mira. Desde dentro se vive. “No es lo mismo verlo que estar dentro”, comenta con la experiencia de haber hecho ambos. Y lo dice alguien que ha visto de todo: cielos que se abren al paso de la Virgen, portadores de otras cofradías llorando por meterse debajo de los varales de la Virgen un Martes Santo que solo ellos se aventuraron a salir cuando las demás cofradías no lo hicieron por riesgo de lluvia, o el paso calles como Carretería, Mármoles, que no se olvidan. También ha visto cambiar la Semana Santa. Demasiadas vallas, demasiados recorridos pensados casi “como un circuito de carreras”. Y una pregunta que se queda en el aire: quién puede verla y quién no.
Mientras tanto, su hija lo escucha, lo siente, mira desde otro lugar. O miraba. Hasta que decidió entrar de lleno.
El año pasado, cuando la lluvia dejó a la Estrella sin salir, algo se quebró. “Se me rompió el corazón, te lo juro. Yo no recuerdo algo tan triste como lo del año pasado”. Salió llorando, dice, pero no de emoción. De tristeza. De una tristeza limpia, casi infantil, como una niña que sigue cogiendo los guantes blancos de su padre antes de salir de hombre de trono. Este año quiere que sea distinto: “yo voy a salir llorando de la felicidad”.
Entre una cosa y otra, ocurrió algo muy importante: el gesto que la gente vio en redes y que, en su mayoría tuvo una repercusión positiva, aunque siempre con algún comentario sobre si solo lo hacía para lucirse. Muchos no comprendieron que no fue un gesto más. Fue una respuesta. Durante años, él le había repetido una frase que se queda: “el día que yo no la saque, lloraré”. Y ahora es ella quien recoge esa continuidad sin decirlo en voz alta del todo, sino desde el decoro y el luto de una mantilla: “poder decirle ‘papá, ahora lo sigo yo’ me enorgullece”.
Paloma Fernández y su familia / Ana JiménezEso es el relevo: una forma de estar en el mundo.
También hay memoria. La de su abuela Charo, que murió hace diez años pero sigue apareciendo cada Martes Santo. “Tengo el recuerdo intacto”, dice. No es una forma de hablar: lo lleva en el rosario, en la cruz que se pone para salir, en ese hilo invisible que une corazones, historias y personas, y que parece hacerse casi tangible en Semana Santa.
Y luego está todo lo que no se ve en los vídeos. El tiempo. La espera. El dinero guardado poco a poco. Porque vestirse de mantilla, sobre todo si lo haces de forma consciente, no es barato. Paloma habla como quien habla de algo que se conquista. “Es más bonito guardando todo el año un poquito, así cuando lo tengas, lo haces con más ganas, con más corazón. Si tú lo quieres de verdad, sabes esperar”.
Esperar también es una forma de fe.
Por eso le incomoda cierta prisa contemporánea. Esa tentación de comprarlo todo rápido cuando se trata de convertir la tradición en un atajo. “¿Qué vamos a pedir, las mantillas a Shein?”, se pregunta casi con una risa en su tono de voz. Y la pregunta no es solo estética. Es casi una advertencia: qué pasa con los oficios, con las manos que bordan, con las horas que hay detrás de cada peina, de cada broche. “Una mantilla bordada no se hace en un día, tiene un montón de horas, de tiempo”. Y ella lo sabe bien, porque está activamente estudiado sobre patronaje y costura.
No es caro porque sí, viene a decir. Es caro porque alguien ha dejado tiempo ahí.
Mientras tanto, las redes siguen girando. Y ni ella ni su padre las rechazan. Al contrario. Juan lo tiene claro: bienvenidas sean, siempre que haya respeto. Que se muestre, sí. Que se entienda, también. Pero que no se convierta en “cachondeo”.
Ahí, en ese punto, se cruzan sus dos mundos, como cuando dos cofradías se cruzan en la calle: dos historias que dicen lo mismo, pero no de la misma forma. Ella sabe contar. Él sabe sostener. Y entre los dos construyen algo que no es exactamente nuevo, pero tampoco es lo de antes. Y quizá de eso se trata. De cómo una hija convierte en imagen lo que un padre sostuvo durante décadas sin necesidad de explicarlo. De cómo la tradición encuentra nuevas formas de seguir viva sin perderse del todo. De la Semana Santa.
Hoy es Martes Santo, y cuando la Estrella vuelva a la calle, no será solo una salida. Será una continuidad. Los mismos nervios: “Estamos todos atacaditos”, dice ella, y las mismas ganas acumuladas durante un año, la misma emoción que no se gasta.
Él lo tiene claro: llorará. Más que el año pasado. Ella también. Pero no por lo mismo. Y en esa diferencia, en ese pequeño desplazamiento entre generaciones, ocurre todo lo demás.
Porque hay cosas que no entienden de pantallas ni de modas. Cosas que no caben en un vídeo ni se quedan guardadas en una historia de veinticuatro horas. Cosas que pesan, que duelen, que emocionan. Cosas que se aprenden mirando, esperando, heredando.
Y cuando la Estrella avance esta noche, entre el murmullo de la gente y el temblor de los varales, no solo irá un trono abriéndose paso por la ciudad. Irá un padre que ya no carga, pero sigue dentro. Irá una hija que empieza a comprender por qué. Irá todo lo que no se ve y, sin embargo, sostiene la Semana Santa de Málaga.
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