Pleno en el Domingo de Ramos de Málaga con ilusión, calor y viento


30 Marzo 2026

Vélez Málaga

CdelSol Noticias

Arrancaba un nuevo domingo, pero no uno cualquiera. Para muchos, la noche anterior se equipara a la noche de Reyes. Esos nervios previos. La felicidad del comienzo. El final de una cuenta atrás. Con una hora menos de sueño, a las 9:50, cuando aún el sol no molestaba, la Pollinica abrió las puertas de su casa hermandad y echó a andar. El pistoletazo que convierte la espera en presente. El cielo, limpio y sin amenazas, comenzaba a dibujar destellos en los varales. Ya estaba aquí la Semana Santa de Málaga.

Las calles, llenas de los más madrugadores, se llenaron de pronto de túnicas de color crema y palmas agitadas. La Borriquita traía consigo ese aire de estreno que solo se saborea el primer día. Una riada de niños vestidos de hebreos miran a sus compañeros emocionados. Incluso al público, que no puede evitar sonreír con los más pequeños. Madres y padres acompañando a sus hijos, cogidos de la mano. Muchos de los pequeños trenzaban palmas para hacer cruces mientras desde el público alguien pedía una hoja más, otra, una última, para llevarse un pedazo de ese instante.

El trono avanzaba con los primeros pasos y primeros aplausos. Este año, dos ángeles nuevos custodian al Cristo, novedad que acaparó varias miradas. Unos metros más arriba, el protagonista, Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén abría camino, y tras Él, María Santísima del Amparo dejaba que el sol le besara el rostro. Uno de los momentos más destacados se vivió en la Tribuna de los Pobres.

Con el paso del Cristo, los hombres de trono encaraban la tribuna para entonar el Pescador de Hombres, recibida con gran emoción entre los asistentes. Incluso alguna lágrima, pero la estampa era más risueña, ansiando el encuentro. Con el paso de la Virgen, la comparsa de Alhaurín el Grande le volvió a cantar acompañados por la comparsa de Fátima, también del mismo municipio y primer premio en el último Carnaval de Málaga. Interpretaron Reina y Madre del Amparo junto a la Banda de Música Nuestra Señora de la Paz. Otro momento que arrancó aplausos.

Pollinica abre paso para el Domingo de Ramos en Málaga. / Ana Jiménez

Había, además, una calma distinta. Quizá porque otros años, este día había estado marcado por cielos inciertos, por miradas constantes al parte meteorológico. Pero este 2026 se vivía con la serenidad de que no iba a haber ni una gota, ni una amenaza de lluvia. Nadie corría, nadie dudaba de si iba a salir su Hermandad. Málaga se dejaba llevar por la emoción del comienzo. Y en ese dejarse ir, la Semana Santa se hacía más "sentida".

Moverse por el centro, como era de esperar, era una odisea. Calles colapsadas de malagueños haciendo suya la ciudad, turistas desorientados sin saber por dónde moverse, grupos que se separaban y se buscaban entre la marea humana. Aunque hubo alguna queja, no llegó a más. Perderse entre la multitud también forma parte de la Semana Santa.

Ya a las 14:15, Dulce Nombre ponía los pies en la calle con un calor notable desde Capuchinos, y apenas quince minutos después Salutación hacía lo propio desde San Felipe Neri. Las sombras empezaban a acortarse y la luz se volvía más densa, más dorada, haciendo fruncir varios ceños desde el público. Ya se notaban las calles bastante llenas, con algunos siguiendo el itinerario previamente establecido, con las libretas en mano y recorriendo cada esquina esquivando las masas.

Un hombre de trono porta al Cristo de Humildad y Paciencia. / Ana Jiménez

A cada hora, el centro se transformaba. El sonido de las cornetas se mezclaba con el choque de vasos brinando en las terrazas, con el murmullo constante de conversaciones de quienes hacían una "pausita" antes de continuar. Encontrar un hueco para sentarse era casi tan complicado como abrirse paso entre la multitud. Las bandejas iban y venían, las cervezas se levantaban al sol, y entre bocado y bocado alguien preguntaba: "¿Por dónde va ahora?". Cualquiera se acuerda del problema de la conexión del AVE con Madrid con la cantidad de masas que se mueven por las calles.

Pero antes de que Lágrimas y Favores tocara la calle, dentro del templo se vivía otro momento íntimo, invisible y necesario. Los hermanos se abrazaban, cerrando filas, cantando su himno con los ojos cerrados y la emoción a flor de piel. Era una especie de refugio antes del jaleo. En torno a la Niña de San Juan, muchos buscaban reconocer la voz de Antonio Banderas entre la bulla. No hacía falta verlo. Bastaba con ese tono firme, con esas órdenes que se abrían paso entre el ruido.

En la Plaza Enrique García-Herrera, el parque infantil dejó de ser un lugar de juego para convertirse en un balcón improvisado: los columpios, tomados por niños que se subían como podían, ofrecían la mejor perspectiva para ver pasar a la Virgen de Lágrimas y Favores sin obstáculos. A unos metros, el contraste era evidente: la terraza del bar de la esquina rebosada de gente, copas alzadas al sol... El camarero avanzaba como podía entre la multitud, bandeja en alto, sorteando cuerpos. "Lágrimas y Favores, la de Antonio Banderas". Posiblemente la frase más repetida a lo largo del recorrido.

Hombres de trono de la Virgen de la Salud en San Pablo. / Carlos Guerrero

La estrechez de Calle Nueva tiene algo especial. En medio de todo, dos niñas —cuatro años y uno y medio— vivían su primera salida en la cofradía. Junto con sus padres, las pequeñas aprovecharon un parón para una foto en familia que ya era recuerdo antes de hacerse. La más pequeña de ellas alternaba el mundo a ras de suelo como monaguillo con la comodidad y seguridad de su carrito, sin ser todavía consciente de que estaba empezando a escribir su propia historia cofrade.

En esa misma calle se produjo uno de los instantes que regalan estampas irrepetibles. A mitad de la vía, un hombre sorprendió a los allí presentes y a la propia hermandad cantando una Saeta a la Niña de San Juan, aplaudida por los asistentes. Unos metros más adelante, la Virgen recibi una petalada, acogida con emoción por los hombres de trono.

Huerto durante su estación de penitencia. / Ana Jiménez

Entre la marea ordenada de túnicas, algunos turistas avanzaban en paralelo a los nazarenos con ese gesto entre la curiosidad y la desconcertada paciencia, mirando a un lado y a otro como buscando un huequecito por el que recuperar su camino. El viento, caprichoso, se colaba entre las filas y apagaba velas. Las pocas llamas que resistían intentaban prender a sus vecinas, inclinándose con cuidado, pero en ese gesto la luz se extinguía del todo y arrancaba una risa leve entre los nazarenos, que se adivinaba bajo los capirotes. Solo los ojos, achinados por la sonrisa, delataban ese instante de complicidad.

La emoción se hizo silencio en San Pablo. La salida de Salud volvió a detener el pulso de la plaza. Los portadores, arrodillados, luchaban contra los centímetros imposibles de la puerta. El gentío, apretado, contenía la respiración. Humildad caminaba desde la Victoria con paso firme hacia el Recorrido Oficial, mientras que Humildad y Paciencia asumía su travesía de horas infinitas. El Huerto, con su olivo balanceándose, marcaba un ritmo que se sentía en los hombros de los portadores. Y Prendimiento completaba un mosaico de devociones que se repetirá a lo largo de la semana.