Málaga vive su domingo de traslados como antesala de la Semana Santa


23 Marzo 2026

Vélez Málaga

CdelSol Noticias

Es un domingo sin nombre grande y ya la mañana tenía algo difícil de nombrar. No era exactamente de incienso y música, pero lo parecía. Había en el aire una mezcla de espera y de memoria, una forma de latir distinta.

En el Molinillo, el día amanecía con ese pulso contenido que solo se reconoce en esta ciudad. Dos salidas marcaban la mañana, dos caminos que nacían casi a la vez y que, sin embargo, se sentían distintos.

Desde una calle estrecha, de esas que obligan a bajar la voz y a mantenerse atento, se abría la puerta de la Parroquia Virgen Milagrosa y San Dámaso Papa. Desde allí, cuando a las campanas anunciaban las 11:00 la Hermandad de la Piedad. No era su sitio de siempre, y eso se notaba en los detalles: en la forma de mirar, en la cercanía del público, en esa sensación de provisionalidad que acompaña a todo lo que está esperando volver a su lugar. Su capilla sigue en proceso de restauración, cerrada, ausente y sin embargo, presente de alguna forma etérea en cada paso del traslado.

Traslado de la Hermandad de la Piedad. / Carlos Guerrero

A casi la misma hora, la Archicofradía de la Sangre hacía lo propio tras la misa. Ellos sí, como cada año. Primero el recogimiento dentro del templo, después la calle como una prolongación natural de lo vivido en la misa, una recreación tangible con Cristo Crucificado a hombros de los hermanos. Sin ruptura, sin ruido, con esa continuidad que tienen las cosas cuando están profundamente arraigadas en la gente, en la ciudad, en lo que precede a Semana Santa.

Y entre ambas, el barrio.

Cruzar el Puente de Armiñán era cambiar de tiempo a un lapso que se paraliza del resto.

Un redoble que se repite, una corneta que se eleva, y el sonido quedándose suspendido bajo el gran arco del Mercado de Salamanca con el paso de la Madre que lleva su Hijo entre sus brazos.

La mañana avanzaba así con escenas pequeñas, en andas pequeñas que, juntas, lo explicaban todo: la Piedad saliendo desde un punto prestado, la Sangre tomando la calle tras la misa, los vecinos mirando con esa mezcla de costumbre y emoción que no se aprende, solo se siente.

Traslado del Cristo de la Archicofradía de la Sangre. / Carlos Guerrero

La caída de la tarde llegaba vestida de oro. A las cinco, la campana de Gitanos sonaba junto al chirriar de las puertas de la Iglesia de los Mártires. La plaza, a rebosar de fe e ilusión, aplaudía a los titulares, que, acompañados por la banda de Cornetas y Tambores de Gitanos, recorrían calle Comedia ante los ojos atentos de cientos de personas.

Cuando el Moreno ya se hacía dueño del centro, llegó la hora de hacer la historia tangible. Las seis de la tarde no llegaron marcadas por las campanas de la catedral anunciando las en punto, sino por el eco profundo que salía de las entrañas de varias de las iglesias y hermandades de Málaga: Pollinica, Prendimiento, Huerto, Mediadora y Fusionadas comenzaban sus traslados desde distintos puntos del centro y de los barrios.

Las horas parecían más cortas gracias al disfrute generalizado de los traslados. En torno a las siete, al pasar por la puerta del oratorio de las Penas, se encontraba uno de esos instantes que no buscan testigos, pero que inevitablemente los detienen. El Cristo y la Virgen de la cofradía de las Penas permanecían allí, en ese umbral discreto, sin estridencias pero con un cielo único en su capilla. Apenas algunas personas hacían compañía a la estampa, miradas contenidas y un silencio que no era ausencia, sino forma de presencia. Un recogimiento compartido con la cofradía del Huerto, que pasó por la puerta y detuvo a sus titulares para una breve oración: dos momentos de la historia que compartían instante y final.

Nuestra Señora Mediadora de la Salvación. / Carlos Guerrero

En su oratorio, el Cristo de la Agonía a las 19:30, se preparaba para su entronización en un acto propio, contenido, sin formar parte del conjunto de traslados que recorrían la ciudad. Un momento interior, casi doméstico en su solemnidad, donde el sentido de lo cofrade se expresaba sin necesidad de exposición exterior aunque con ojos llenos de lágrimas.

Y en esa misma línea de recogimiento se encontraba también la cofradía de Humillación y Estrella, cuya imagen ha permanecido en su templo. La estrella que más brilla lo hace en el interior de su templo con un traslado a puerta cerrada, reservado exclusivamente para los hermanos. Un gesto que subraya una manera distinta de vivir estos días previos a la semana grande, más centrada en la intimidad que en el tránsito visible, más orientada al cuidado del vínculo interno que a la presencia en la calle.

Se percibía en el ambiente ese estilo propio de los oratorios, espacios pensados para acompañar tanto al crucificado como a los momentos de agonía, donde el silencio, la pausa y la contemplación adquieren un protagonismo esencial.

Durante la tarde-noche, Málaga ha ofrecido una estampa particular, como si por unas horas se concentrase en una especie de Semana Santa en miniatura. Los traslados se han sucedido por el centro con normalidad, favorecidos por el clima. Esa confluencia de movimientos y visitas ha dibujado una ciudad en tránsito, viva en lo devocional y atenta a cada paso, cada banda, cada trono.

Con la llegada de la noche, la luz ha ido transformando el escenario. El oro cálido de la tarde ha dado paso a una claridad más fría, más plateada, que envolvía las imágenes a su paso por calles y plazas. Algunas de ellas ya se encontraban en sus enclaves de recogida cuando la oscuridad comenzaba a imponerse, mientras otras continuaban su recorrido. Es el caso del Prendimiento, que avanzaba por el entorno de calle San Juan Bosco, en su itinerario tras la visita al hospital de las Hermanas Hospitalarias, manteniendo ese caminar pausado y delicado, especialmente al descubrir la estatua en su barrio capuchinero como guinda de la celebración de su centenario.

Traslado de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento y María Santísima del Gran Perdón. / Carlos Guerrero

Así, entre luces que cambian, silencios que acompañan y recorridos que se cruzan, la ciudad ha ido cerrando un domingo pregona que en solo siete días las calles se llenarán de las palmas por las que pasará Jesús llegado en borriquita a Jerusalén, que desde ahora y hasta el Domingo de Resurrección se encuentra al sur de Andalucía.

El domingo de traslados tiene algo diferente. No busca protagonismo. No necesita nombres grandes. Es, precisamente, ese espacio intermedio donde Málaga empieza a reconocerse en lo que viene. Donde cada sonido, cada paso y cada ausencia, como la de esa capilla cerrada que espera su regreso, forman parte de una misma historia. La historia más grande jamás contada.

Y así, entre la música que se prueba, las puertas que se abren y la luz que se cuela entre el humo del incienso dejan claro que hay días que no necesitan título para ser imprescindibles. Y este, exactamente este, es uno de ellos.