'Blaubeereen': Una obra mayúscula sobre hombres terroríficamente normales


14 Enero 2026

Málaga

CdelSol Noticias

En 1961 la filósofa Hannah Arendt siguió atentamente el juicio del teniente coronel de las SS responsable de la organización de la Solución Final. De ... su experiencia escribió 'Eichmann en Jerusalén': «Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales».

Recuerdo que la primera vez que llegué a esta frase, tras 402 páginas de observación y análisis del juicio, me quedé casi aturdido. Paralizado. Sobrecogido por una verdad que ni siquiera necesitaba racionalizar para saber que, en efecto, era así.

Una verdad que nos interpela a todos, a nuestra humanidad. Algo parecido me pasó ayer al finalizar 'Blaubeereen', de Moisés Kaufman y Amanda Gronich, en el Teatro Cervantes de Málaga. Mientras la gente abandonaba el patio de butacas yo era incapaz de levantarme, abrumado, con el corazón en un puño, preguntándome cómo una obra de teatro ha desgranado la banalidad del mal de manera tan científica, con un recurso tan simple como proyectar fotografías. Un caso real transformado en teatro documento, o más bien una investigación, una tesis doctoral con sus citas a pie de página a partir de unas instantáneas recuperadas casi por casualidad. Los días felices de unos alemanes, con sus familias, en el campo de concentración de Auschwitz. Y es que Arendt también escribió: «Hay en el mundo demasiada gente para que el olvido sea posible. Siempre quedará un hombre vivo para contar la historia».

Y si no me echan allí seguiría, en mi butaca, admirando un espacio escénico que se abría como un álbum fotográfico, que se convertía en museo o que alzaba sus muros como un campo de concentración. Escuchando en mi cabeza el clarinete, la viola, la flauta… que los propios actores tocan, en un segundo plano pero en directo, acompañando cada escena. Pasmado ante la naturalidad de María Pascual, que me ha hecho olvidar que estaba actuando, que estábamos en un teatro. Admirado por los matices que Nacho López incorpora en cada personaje, por la sobriedad y el compromiso que siempre muestra Víctor Clavijo. Anclado al monólogo final de Irene Maqueira como Lili Jacob, al recuerdo de las víctimas. Algo tan doloroso, precioso y conmovedor que no sé qué hubiera pasado si llega a sonar un móvil en ese momento.

Al igual que con '14.4' el director, Sergio Peris-Mencheta, ha vuelto a traer a los escenarios españoles un texto, un tema, que apela a la conversación de hoy, a lo que es urgente, a lo que importa. No deja nada al azar en la puesta en escena de 'Blaubeereen', cada detalle apunta a algo. Es una obra significante y significativa, mayúscula, que convierte el teatro, esta vez sí, en algo necesario.

Antes de comenzar, la compañía ha leído un comunicado denunciando el genocidio en Gaza. Yo, para terminar, vuelvo a Hannah Arendt: «Es propio de la historia de la naturaleza humana que todo acto ejecutado una vez e inscrito en los anales de la humanidad siga teniendo una posibilidad mucho después de que su actualización haya pasado a formar parte de la historia».


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