Hermanos Céspedes: la resistencia de Atarazanas


1 Diciembre 2024

Málaga

Espacios Culturales

Hermanos Céspedes:

El Mercado Central de Atarazanas es uno de los emblemas de Málaga, un espacio que une historia, tradición y gastronomía en un enclave singular. Sin embargo, como ocurre con el resto de la ciudad, de la región, del país y en general del resto de Europa, está sucumbiendo a una transformación silenciosa pero implacable: la conquista del turismo.

Pasear por sus pasillos bulliciosos ya no significa, como antaño, cruzarse con malagueños con sus carritos rebosantes de productos frescos. Ahora, las calles del mercado son recorridas por turistas, cámara en mano, deteniéndose a grabar videos y hacer fotos. Lo que antes era un lugar de abastecimiento para los hogares locales es ahora un reclamo turístico más, con consecuencias que están cambiando su esencia. Ya hay de hecho, algún puesto con guasa que pide un euro por foto mientras las turbas de pieles rojas con chancla y calcetín recorren en rebaño los puestos mientras el pescadero de turno se acuerda -por dentro- de la familia del guiri que no compra y agobia al que viene a por sus Jurelitos para el emblanco.

Mercado de Atarazanas. / Álex Zea

Muchos puestos, antaño dedicados a la venta de pan, pescada, alcachofas o salchichón de Cártama, han dado paso a quioscos que ofrecen té matcha, empanadas argentinas o zumos de colores elaborados con cosas que hasta hace pocos años eran alpiste para los animales. Esta transformación, aunque en parte inevitable, supone un giro preocupante para quienes aman el mercado por lo que fue y por lo que aún podría ser: un lugar auténtico donde el producto fresco y/o local reine.

Sin embargo, no todo está perdido. Todavía hay luces que alumbran con esperanza a quienes creemos en la importancia de preservar la autenticidad de los mercados. Entre estos baluartes destaca un puesto que merece una ovación por su apuesta valiente: Hermanos Céspedes, un rincón que devuelve al mercado de Atarazanas su razón de ser. Este puesto de pescado y marisco no solo mantiene la calidad, sino que la eleva, demostrando que todavía es posible hacer ciudad desde las plazas de abastos.

El de esta familia no es un puesto cualquiera. Es un espacio donde no hay lugar para el despiste: marisco fresco, pescado de categoría y una apuesta decidida por el producto de máxima calidad. En un lugar como Málaga, donde durante años se ha cuestionado pagar más de tres euros por un kilo de Boquerones, esta propuesta supone un riesgo. Pero también una oportunidad. Y es que ya sabes que, en caso de necesidad, gula o apetencia, tienes un sitio fijo en el que encontrar siempre marisco bueno y fresco. Hasta ese momento, la realidad es que la ciudad, según el día, era una lotería para comprar quisquillas buenas o cigalas de las de cascanueces. Antes no había siempre. No existía un punto fijo y, salvo Makro, tenías que rezar para que hubiera aquello que buscabas.

Su éxito no solo beneficia a quienes disfrutan de la excelencia de sus productos, sino que, por lógica, arrastra clientela a otros puestos del mercado. Si llegas a Atarazanas por ellos, seguramente acabes completando tu compra en los puestos de carne, especias o verduras, reavivando un circuito que parecía destinado a perderse y es que, difícilmente alguien que vaya a un espacio buscando un zumo de zanahoria, manzana, semillas de nosequé y aguacate aproveche para comprar un pargo.

Es cierto que montar bares dentro de los mercados se ha convertido en una moda. Y aunque en muchos casos ha sido positivo -económicamente para el que los monta-, no podemos ignorar el riesgo de que estos establecimientos desplacen a los puestos de venta tradicionales. La fantasía de comer un plato «fresco» en el mercado puede convertirse en un espejismo si alrededor no quedan pescaderías que ofrezcan producto genuino.

El peligro es real: que te sirvan un pescado congelado venido de muy lejos mientras te hacen creer que es la captura del día de la bahía de Málaga está comenzando a suceder. Y es que vender en un mercado como el Central, cuna de la frescura y lo cercano, puntillitas chinas descongeladas para que los turistas y la gente de aquí se piensen que eso es la esencia malacitana, es para que llegara un guardia con una porra y los sacara de allí al grito de que este suelo histórico merece un respeto por el producto en el que él se despache.

Es fundamental no perder de vista lo que hace únicos a los mercados: su autenticidad. Porque ningún supermercado podrá igualar nunca el sabor de unas quisquillas traídas de Marbella o unos búsanos espectaculares que le compras a tu pescadero confianza. Esa es la verdadera esencia de Atarazanas, y perderla sería una derrota irreparable.

Lo más sorprendente de los Hermanos Céspedes no es solo la calidad y variedad de su oferta, sino su habilidad para conectar con el público en el entorno digital. Sus vídeos diarios en redes sociales, mostrando los productos recién llegados del mar -o el estero-, son un ejemplo brillante de cómo adaptarse a los nuevos tiempos sin renunciar a la tradición. Gracias a ellos, miles de personas redescubren la verdad de los mercados y la importancia de valorar el trabajo bien hecho.

Porque de eso se trata. De celebrar a quienes, con esfuerzo y valentía, siguen creyendo en las plazas de abastos como algo más que un lugar turístico. De apostar por el producto local, de proteger lo auténtico y de recordar que nuestra tierra, en su esencia más profunda, siempre será más de Cigalas dando saltos en una mesa de mármol que de Semillas de Chía sobre un pan de Centeno cubierto de aguacate. Que no se nos olvide nunca. Y si os despistáis, buscáis a esta familia en redes para que os digan que sus Búsanos son bombas o que los Langostinos buenos son los de las colas azules. La esperanza es lo último que se pierde y que gente como ésta queda aún partido.

Viva Málaga.