Por una relación saludable entre la infancia y la tecnología
21 Octubre 2025
Marbella
CdelSol Noticias
El uso cotidiano y generalizado de dispositivos electrónicos, como móviles, tabletas, consolas u ordenadores, se ha extendido también a la población infantil y adolescente, dos colectivos especialmente vulnerables por encontrarse en etapas vitales de su desarrollo.
Como advierte Julio Maset, médico de Cinfa, “entre las consecuencias del uso y exposición de menores a la tecnología, se encuentran el aumento del sedentarismo, problemas de visión y trastornos relacionados con el sueño, ya que el uso de las pantallas les lleva a tener un sueño más corto y de menor calidad, porque se acuestan más tarde y tardan más en dormirse”.
Las alteraciones en el sueño provocan, a su vez, mayor dificultad para llegar a un sueño profundo y una mayor somnolencia durante el día, lo que, a largo plazo, puede derivar en un estado de ánimo depresivo y provocar alteraciones en la conducta e, incluso, en el desarrollo cerebral.
Según la Asociación Española de Pediatría (AEP), los menores de 6 años no deberían estar expuestos al uso de pantallas, ya que, para ellos, no existe un tiempo ‘seguro’ de utilización, mientras que Unicef señala que el uso de tecnología hasta esa edad no aporta nada al desarrollo del niño o la niña.
Rutinas y límites
En el caso de los mayores de 6 años, para conseguir un uso saludable de dispositivos tecnológicos y pantallas, el experto de Cinfa recomienda “establecer rutinas y límites en el hogar y, como padres y madres, predicar con el ejemplo. De hecho, los últimos estudios científicos señalan una relación entre el uso que hacen los padres y madres de tecnología y el que realizan sus hijas e hijos, en especial, en momentos clave como la hora de comer o de dormir”.
Para la población de 7 a 12 años, la Asociación Española de Pediatría aconseja limitar el uso de pantallas a menos de una hora al día —que debe incluir el tiempo de deberes escolares y estudio—, utilizar la tecnología con la supervisión de una persona adulta, y hacerlo desde dispositivos fijos y en lugares que no sean el baño y el dormitorio.
En adolescentes, dos horas diarias máximo
Entre los adolescentes, considerando una franja de edad de entre los 13 a los 16 años, el uso responsable de dispositivos tecnológicos es también clave, ya que una mala utilización puede aumentar la activación de la región límbica del cerebro, que provoca una necesidad de gratificación inmediata y genera por tanto una tendencia a su uso en exceso.
Además, la utilización de pantallas provoca una hiperestimulación, disminuye la capacidad de concentración y focalización en una tarea ya que con estos dispositivos abordan múltiples tareas a la vez, y todo ello conlleva un mayor riesgo de malos resultados cognitivos, problemas para filtrar distracciones, aumento de la impulsividad y disminución de la memoria de trabajo.
Para evitarlo, las recomendaciones apuntan a limitar el uso a dos horas diarias como máximo, con control parental y priorizar el uso de dispositivos sin acceso a internet. “Como vemos, la implicación de toda la familia es esencial para proteger a los menores. Tanto a la hora de establecer límites de tiempo, rutinas y control parental como de incentivar un uso saludable y razonable, con el fin de proteger a la población más vulnerable”, concluye el doctor Julio Maset.
Consejos clave para evitar problemas a largo plazo
La recomendación es clara: nada de pantallas antes de los 6 años, porque no aportan beneficios demostrables y pueden interferir en el desarrollo. A partir de ahí, limitar tiempos: de 7 a 12 años, máximo una hora al día; de 13 a 16, hasta dos horas y siempre con control parental. Para contrarrestar el sedentarismo asociado a la tecnología, conviene establecer rutinas saludables con deporte y movimiento diarios, además de pausas visuales y de postura. Es clave activar los controles parentales de los dispositivos para acotar tiempos, apps y webs, y revisar periódicamente su configuración. Su uso antes de dormir altera el sueño; móviles, tabletas y portátiles deben quedar en zonas comunes, también los de los adultos. Para evitar conflictos, pactar horarios y límites claros sobre tiempos, contenidos, lugares y supervisión, con consecuencias conocidas si se incumplen. Los adultos han de predicar con el ejemplo, reduciendo su propio uso, conversando sobre riesgos y participando en hábitos como dejar los aparatos fuera por la noche. Mejor priorizar dispositivos sin conexión para acotar el acceso y facilitar la desconexión natural. Y, por último, retrasar el primer smartphone y, cuando llegue, acompañarlo de normas de uso, revisión conjunta y educación digital continuada.
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